Volver

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Hace poco leí que uno siempre vuelve a los sitios donde disfrutó de la vida y no podría estar más de acuerdo con esa frase. Es así; uno siempre vuelve. Volvemos a los lugares donde nos sentimos acogidos; volvemos a las personas que queremos y que nos hacen sentir queridos; volvemos a hacer las cosas que en algún momento nos hicieron felices.

Por todo eso estoy otra vez Sepahua dos años después de que sus calles y sus ríos se hicieran pequeños desde la avioneta. De nuevo atravesé los Andes en autobús y pasé 8 horas montada en un 4×4 dando botes de un lado a otro y escuchando cumbia a todo volumen hasta llegar a Atalaya, donde me prometí a mi misma que, si regreso por tercera vez, será en avioneta. Un pensamiento que se me olvidó un poco al día siguiente mientras surcábamos las aguas del Urubamba de camino a Sepahua. Tenía ganas del río, de sus gentes y de la vida en sus orillas.

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Cuando la sanidad no es un derecho de todos

Cuando la sanidad no es un derecho de todos

Vecinos de Capirona y Onconashari, dos comunidades nativas situadas en el río Sepa, han denunciado en Sepahua que sus infraestructuras de salud no cuentan con los recursos suficientes para hacer frente a las necesidades de la población. En ellas, no hay medicinas para tratar dolencias tan comunes como una faringitis o un resfriado, ni tampoco tratamientos específicos para complicaciones que se presentan frecuentemente en la zona, como pueden ser las mordeduras de víbora. Los técnicos de salud que atienden en Capirona y Onconashari definen estas postas como “establecimientos vacíos” en los que no cuentan con materiales para tratar a los casi 200 moradores de cada una de las comunidades.

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Gracias por la aventura

Gracias por la aventura

Ya ha pasado más de un mes desde que Sepahua se hizo pequeña por la ventanilla de la avioneta y desapareció en un mar de árboles. Un mes raro: de alegría por los reencuentros y de echar de menos a todas las personas que han sido mi familia durante un año; de volver a las cosas de antes, pero verlas con los ojos de ahora; de sentirme, en algún momento, más desorientada en la ciudad que en la selva y de pensar, en otros, que Sepahua ha sido una especie de sueño. Read more

Un día más es un día menos

Un día más es un día menos

Un día menos para abrazar a mi familia. Un día menos para pasar el tiempo con los internos en nuestro banco. Un día menos para salir con mis amigas, para reírnos y hablar durante horas. Un día menos para recorrer las calles de Sepahua conversando con unos y otros en busca de noticias. Un día menos para comer comida de mi abuela y tomar un pintxo en lo viejo y un gin tonic en condiciones. Un día menos para compartir unas chelas bien heladas o un tazón de masato con todos los que me han abierto las puertas de sus casas aquí. Un día menos para achuchar a Amaia y para no perderme ni una de las fiestas de cumpleaños ni de las inauguraciones de piso de mis amigos. Un día menos para llenar de ticks la lista de ‘Cosas que hacer antes de irnos de Sepahua’.


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Las huellas de Goreti

Las huellas de Goreti

La primera vez que vi a Goreti, estaba hecha un ovillo sobre una puerta de madera que hacía las veces de alfombra. La última, este sábado, la puerta había desaparecido y ella estaba sentada en el suelo al lado de un bolso de deporte donde se almacenaban sus escasas pertenencias. A sus 28 años, Goreti, que nació con parálisis cerebral, iba a hacer el segundo viaje de su vida.

El primero, lo hizo con seis años. Su madre acababa de fallecer y su padre no podía hacerse cargo de una niña enferma, que nunca había aprendido a gatear y que necesitaba cuidados constantes. Por eso, se plantó en la puerta de la Misión con un objetivo: dejarla al cuidado del Padre Ignacio. Él, sorprendido de que no hubieran abandonado a la pequeña nada más nacer como solía hacerse con los niños que no eran normales, la llevó al centro médico de Sepahua. Desde entonces, durante 22 años, se ha preocupado de que Goreti tenga quien le atienda.

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“Cuando la llevamos al hospital, casi tienen que quitarle los piojos a manguerazos de lo sucia que estaba”, recuerda el Padre Ignacio. Cuando se recuperó un poco de la desnutrición que sufría, la señora Teresa la acogió en su casa donde le cuidó durante muchos años. Cuando la edad le impidió cargar con los 30 kilos de Goreti para bañarla, para vestirla, para acostarla… fueron sus hijas las que le hicieron el relevo. Durante los últimos cinco años, ha sido Irene, la nuera de la señora Teresa, quien ha atendido a Goreti. Desde hace años, desde España llegan puntualmente 100 euros al mes –unos 300 soles- para comprar las medicinas y pañales que necesita Goreti y para pagar a esta familia por sus cuidados.

“La sentamos en la puerta porque está más limpia que el suelo”, me explicó Irene mientras peinaba a Goreti con una media coleta. La estaba poniendo guapa porque esa tarde esperaban la visita de los técnicos de Reniec (Registro Nacional de Identificación y Estado Civil), que iban a hacerle una foto muy especial: la de su primer DNI. “Se calcula que en el Distrito de Sepahua todavía faltan por identificar entre un 3 y un 5% de los adultos”, señalan mientras preparan los documentos de Goreti. “La mayor parte son abuelitos que viven alejados, pero también existe algún caso como este: personas con alguna discapacidad que no salen de casa y nunca han necesitado un DNI para nada ni sus familiares se han planteado que es bueno que lo tengan”.

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Goreti necesitaba su DNI para emprender el segundo viaje de su vida: desde Sepahua hasta la ciudad de Chimbote, donde había sido admitida en un centro especializado para personas con parálisis cerebral dirigido las Hermanas de la Caridad. Parece que entiende las tranquilizadoras palabras del técnico de Reniec y deja que coja su mano y manche uno a uno todos sus dedos en tinta. Sin embargo, rellenar todos los documentos no es sencillo: Goreti se revuelve e Irene le tranquiliza.

Hacerle la foto tampoco es fácil. Sus huesos, retorcidos, parece que se niegan a dejarle alzar la cabeza y mirar al frente. Sin embargo, con un poco de tiempo y paciencia, los trabajadores de Reniec consiguen una imagen válida para su DNI. Un documento que permitió a Goreti Mainahuarute convertirse oficialmente en ciudadana del Estado peruano y cambiar una puerta tendida en el suelo por un asiento en un vuelo rumbo a Lima.

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De vuelta a casa

De vuelta a casa

No se había detenido del todo la avioneta, cuando más de un centenar de personas la rodearon impacientes. Y es que, tras las falsas alarmas del día anterior, esta vez era cierto: a bordo se encontraba el Padre Ignacio, que regresaba a Sepahua ocho meses después de haberse ido sin pensar que su ausencia iba a ser tan larga.

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Desde que empezó a extenderse la noticia de que el sacerdote volvía el viernes, un goteo incesante de personas se fue acercando a la Misión. “¿Es verdad que está llegando ya el Padre?, ¿Podrán avisarme para que vaya a recibirle?”, preguntaban unos y otros. No hizo falta. El jueves por la noche, estaba acabando de redactar las noticias cuando cacé al vuelo un par de palabras del anuncio que estaba haciendo la señora Yeni a través del parlante. Pensé que había entendido mal y seguí a lo mío, pero a los pocos minutos se asomó el Padre Macario a la oficina. “¿Has oído a Yeni? Está avisando de que Ignacio llega mañana para que la gente vaya a recibirle. ¿Tú sabes algo de eso?”.

A mi mente vinieron dos opciones: Beatriz o la Municipalidad. Bea me dijo que no sabía nada, pero en menos de cinco minutos confirmó mi segunda sospecha: la Municipalidad de Sepahua estaba organizando el recibimiento al Padre Ignacio. El viernes por la mañana fuimos a ver qué estaban tramando y salimos de allí con una misión: avisarles en cuanto Ignacio pusiera un pie en el aeropuerto de Pucallpa.

A las 15:00 horas del viernes los pasajeros de la avioneta estaban citados para el embarque. En ese mismo momento, en Sepahua -a casi hora y media de vuelo-, ya estaba reunida la banda de música del colegio Francisco Álvarez dispuesta a recibir al misionero al ritmo de trompetas, bombos y platillos. Sin embargo, el mal tiempo que hacía en capital de Ucayali frustró todos estos planes. El vuelo no despegó, los instrumentos volvieron a sus fundas y las pancartas quedaron recogidas hasta el día siguiente.

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Sobre las 7:15 de la mañana del sábado, un wasap de Pedro me avisó de que estaban a punto de despegar. A esa hora en Sepahua no hay luz, lo que implica que tampoco hay línea de teléfono. Por eso, fuimos rápidamente a casa del profe Fredy, director del colegio, para que convocara a la banda. ¿Y cómo se hace eso si no hay teléfono? Muy fácil: ¡a través de la radio! Así, los muchachos fueron llegando poco a poco al aeropuerto donde se unieron al resto de vecinos que esperaban al Padre Ignacio.

Entre ellos se encontraba, por ejemplo, algunas nahuas que viven frente a la Misión. Una de ellas sujetaba un cartel hecho por su nieta en el que ponía “Los hijos de la selva te queremos”. Apenas sabe castellano, pero no dejaba de repetir: “Padre Ignacio es mi amigo, es bueno y ayuda a los nahuas”. Otra se lanzó a abrazar al misionero en cuanto bajó de la avioneta. No decía nada, pero no hacía falta: sus ojos llenos de lágrimas y la fuerza con la que se agarraba del brazo del Padre Ignacio hablaban por ella.

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Minutos antes, bromeando, le comenté a una señora que parecía que esperaban la visita del Papa. “El Padre Granuja –como le llaman cariñosamente a Ignacio muchas personas en Sepahua-  para nosotros es más importante que cualquier Papa. Él nos ha ayudado a todos: a los que le queremos y a los que no le quieren también” me contestó.” Y yo al Papa no le conozco”, concluyó con una lógica aplastante.

Cuando comenté esto con Bea, ella me contó una anécdota que a su vez le había contado Mariela, que fue durante varios años profesora en la Comunidad Nativa de Serjali. Una tarde fueron a verla dos señoras nahuas llorando y diciéndole que estaban muy tristes porque el Padre Nemesio se había muerto. Enseguida se dio cuenta del error. Y es que esa misma mañana les había dicho a sus alumnos que el sacerdote más importante de la Iglesia, el más viejito, había muerto. Ella hablaba del Papa Juan Pablo II, pero para ellos el sacerdote más importante y más viejito no vivía en Roma sino en Sepahua y se llamaba Nemesio.

Desde que el ‘comité de bienvenida’ del Padre Ignacio le dejara en la Misión, esa puerta ha estado más acompañada que en todo el tiempo que llevo en Sepahua. Personas que vienen a saludar, personas que vienen a charlar, personas que vienen a pedir algo… todos llevaban ocho meses esperando que quien responda con voz enérgica e impaciente al otro lado sea el Padre Ignacio, el sacerdote más importante para ellos que, por fin, ha vuelto a casa.

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