Volver

Volver

Hace poco leí que uno siempre vuelve a los sitios donde disfrutó de la vida y no podría estar más de acuerdo con esa frase. Es así; uno siempre vuelve. Volvemos a los lugares donde nos sentimos acogidos; volvemos a las personas que queremos y que nos hacen sentir queridos; volvemos a hacer las cosas que en algún momento nos hicieron felices.

Por todo eso estoy otra vez Sepahua dos años después de que sus calles y sus ríos se hicieran pequeños desde la avioneta. De nuevo atravesé los Andes en autobús y pasé 8 horas montada en un 4×4 dando botes de un lado a otro y escuchando cumbia a todo volumen hasta llegar a Atalaya, donde me prometí a mi misma que, si regreso por tercera vez, será en avioneta. Un pensamiento que se me olvidó un poco al día siguiente mientras surcábamos las aguas del Urubamba de camino a Sepahua. Tenía ganas del río, de sus gentes y de la vida en sus orillas.

Read more

Anuncios
Cuando la sanidad no es un derecho de todos

Cuando la sanidad no es un derecho de todos

Vecinos de Capirona y Onconashari, dos comunidades nativas situadas en el río Sepa, han denunciado en Sepahua que sus infraestructuras de salud no cuentan con los recursos suficientes para hacer frente a las necesidades de la población. En ellas, no hay medicinas para tratar dolencias tan comunes como una faringitis o un resfriado, ni tampoco tratamientos específicos para complicaciones que se presentan frecuentemente en la zona, como pueden ser las mordeduras de víbora. Los técnicos de salud que atienden en Capirona y Onconashari definen estas postas como “establecimientos vacíos” en los que no cuentan con materiales para tratar a los casi 200 moradores de cada una de las comunidades.

capirona_3

Read more

Nuevo Mundo

Nuevo Mundo

Los latinoamericanos y los europeos no medimos el tiempo de la misma manera y la diferencia se encuentra en las tres letras que separan el “ahora” del “ahorita”; nuestro “ya” inmediato y su “al ratito”, un agujero negro temporal que puede oscilar entre los 10 minutos y las 3 horas. De ahí la mirada que le eché a Óscar cuando, estando en Nuevo Mundo -una comunidad nativa que se encuentra a dos horas y media de Sepahua en bote-, la persona que nos había gestionado el viaje nos dijo: “Ahorita buscamos la manera de que volváis hasta Sepahua”.

Esa fue la confirmación definitiva de lo que nos temíamos desde hacía un rato: o nos buscábamos la vida o nos quedábamos en Nuevo Mundo hasta que a la mañana siguiente pasara el colectivo que cubre la ruta Camisea- Sepahua. Y esa era la última de las opciones que se nos pasaban por la cabeza.

DSC07303

A la misma reunión que nosotros había acudido el jefe de la Comunidad Nativa de Puerto Rico, que se ofreció a acercarnos en su chalupa -un bote- hasta Miaría. Miaría se encuentra, igual que Sepahua, en la cuenca del río Urubamba y es la primera de las comunidades que pertenece al distrito de Echarati, en Cuzco. Que nos llevaran hasta allí suponía recorrer dos tercios del camino de vuelta… todo un avance teniendo en cuenta las circunstancias.

Sin embargo, por si nos lo estábamos planteando –que lo estábamos haciendo-, el jefe de Puerto Rico nos dejó claro que no podría acercarnos hasta Sepahua porque se le haría de noche de vuelta a su comunidad y es peligroso surcar el río a esas horas. “Pero igual encontráis a alguien en Miaría que os pueda llevar en peke-peke si les dais gasolina”, nos dijo.

Ahí fue cuando intervino el “organizador” del viaje. “Si no tenéis dinero, igual puedo daros yo el combustible”. “No, no tenemos dinero; como se suponía que íbamos a volver fácilmente…”. “Pero no pasa nada amigos, podéis dormir aquí o en Miaría”. “Sí, si pasa. Tenemos muchas cosas que hacer en Sepahua”. “Entonces que en la tienda os den de mi parte 4 galones de gasolina. Es suficiente para ir de Miaria a Sepahua”.

Y allí que nos fuimos a comprar gasolina para llevar, como quien coge la cena en un restaurante. Nuevo inconveniente: no tenían galoneras que prestarnos. “Señorita, ¿no ha traído su galonera?” Mi cara debió ser bastante expresiva porque las 5 personas que estaban en la puerta de la tienda se echaron a reír y no me quedó otro remedio que reírme con ellos y explicarles que nunca me habían hecho esa pregunta y que nunca había ido a ningún sitio con una galonera.

Por suerte, en la galonera de la chalupa de la Comunidad de Puerto Rico había espacio para nuestra gasolina así que, con el tema del combustible solucionado, empezamos el camino de vuelta. Llegamos a Miaría sobre las 17:30. En una hora se haría de noche y antes debíamos encontrar a alguien dispuesto a llevarnos y recorrer los 40 minutos que nos separaban de Sepahua.

En un primer momento pensamos que sería imposible, pero enseguida la mentalidad de la amazonía nos llevó la contraria. Preguntamos a un chico que estaba sentado en el puerto si nos llevaría a cambio del combustible y unos cuantos soles para dormir en Sepahua; miró al cielo, se giró y dio un par de gritos en lengua yine a una niña que estaba cerca. Al momento ella salió corriendo y volvió acompañada de otro chico. Intercambiaron dos frases y nos miraron afirmando con la cabeza. Cinco minutos después salíamos del puerto montados en un peke-peke.

Guiaban la canoa con tanta seguridad que estoy convencida que podrían hacer ese trayecto con ojos cerrados. Mientras, nosotros no dejábamos de hacer fotos. Y es que ver el atardecer navegando por el río es un espectáculo que merece la pena. Tanto como para volver a arriesgarse a salir ir de excursión.

motorista peke-peke

 

 

Sepahua km 0

Sepahua km 0

“Un viaje en el tiempo y en el espacio”. Así me describieron los cerca de 400 kilómetros que separan Lima de Sepahua días antes de empezar esta aventura, mientras intentaba decidir qué meter en la maleta y apartar de mi mente a la docena de personas que se habían ahogado en las aguas del Urubamba que recorrería días después. Ha pasado mes y medio desde entonces y Sepahua ya no ese punto perdido en una masa de árboles que veía en Internet.

Sepahua son los paseos en moto a la caza de noticias; la compañía de Mayer y Mayelly (dos mellizos de doce años que nada más llegar me dijeron que habían prometido a Beatriz que me cuidarían y lo están cumpliendo); las miradas curiosas de los niños nahuas que acampan en la puerta de la emisora y me frotan las manos “para ver si dejo de ser tan blanquiñosa” y los gritos de “Seeerjali, Serjali, Misión Sepahua” que salen desde la sala de radiofonía cuando los sharas se comunican –a todas horas- con su Comunidad.

puerto sepahua

El calor húmedo que lo envuelve todo y los mosquitos y demás bichos que se están poniendo las botas a mi costa son la parte más incómoda de esta aventura. Pero sin ellos, sin las palmeras y los mameys, sin la presencia de los sapos que anuncian la lluvia y la vegetación que crece más rápido de lo que uno es capaz de cultivar, esto no sería la Amazonía.

En Sepahua confluyen mundos paralelos: el castellano y las lenguas nativas; la cerveza y el masato (la bebida de la selva); los motocars y los peke-pekes (las pequeñas canoas con motor en las que tradicionalmente estos pueblos han surcado el río); la riqueza producida por los yacimientos de gas y la miseria en la que viven muchas familias, en una región en el que el 85% de los niños indígenas sufre anemia y que está a la cola del país en educación.

Durante las casi 48 horas de viaje entre Lima y Sepahua fui intuyendo cómo sería este lugar. Desde el autobús que me condujo de noche hasta los 5.000 metros de altura de la sierra para descender hasta la ciudad de Satipo, pude ver –cuando me atreví a mirar por la ventanilla entre curvas y frenazos- cómo el marrón del paisaje se convertía en verde. Entre Satipo y Atalaya descubrí que más me valía cambiar mi manera de medir las distancias y sustituir los kilómetros por las horas. ¿De qué sirven en una “carretera” que puede recorrerse en 6 horas o en 8 o… quién sabe? Cuando todo depende de si se pueden cruzar las quebradas o hay que esperar a que baje el nivel de agua, de si hay que apartar piedras del camino, de si los pasajeros necesitan parar para ir al baño… mejor cambiar el chip y empezar a tomarse las cosas con calma.

De camino a Sepahua, el colectivo recogió pasajeros en las diferentes comunidades nativas que se encuentran en las orillas del Urubamba. Estas, junto con las comunidades que siguen hacia el Distrito de Echarati, ya en el Cuzco, y las más alejadas de los ríos Sepa y Mishagua, forman la audiencia de la radio. Durante los próximos meses espero contar lo mejor que sepa cómo se vive en el trocito de selva amazónica que estoy teniendo la suerte de conocer. ¡Bienvenidos a las orillas del Sepahua!

leyre niños