Volver

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Hace poco leí que uno siempre vuelve a los sitios donde disfrutó de la vida y no podría estar más de acuerdo con esa frase. Es así; uno siempre vuelve. Volvemos a los lugares donde nos sentimos acogidos; volvemos a las personas que queremos y que nos hacen sentir queridos; volvemos a hacer las cosas que en algún momento nos hicieron felices.

Por todo eso estoy otra vez Sepahua dos años después de que sus calles y sus ríos se hicieran pequeños desde la avioneta. De nuevo atravesé los Andes en autobús y pasé 8 horas montada en un 4×4 dando botes de un lado a otro y escuchando cumbia a todo volumen hasta llegar a Atalaya, donde me prometí a mi misma que, si regreso por tercera vez, será en avioneta. Un pensamiento que se me olvidó un poco al día siguiente mientras surcábamos las aguas del Urubamba de camino a Sepahua. Tenía ganas del río, de sus gentes y de la vida en sus orillas.

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Poyagnu Natjirune

Poyagnu Natjirune

“Ellos suelen ser más comunicativos y afables. Quizás porque algunos, como Álvaro, Juan o Domingo, han viajado. Han visto mundo pero siempre, a su regreso, han sabido preservar sus costumbres, su cultura. Ellas más tímidas. Con dificultades incluso para entender y hablar el castellano, como Dora, Celia o Elena. Pero maestras a la hora de hilar y tejer algodón, confeccionar canastas o cocinar patarashca.

Poyagnu Natjirune (‘Gracias mis abuelos’, en lengua yine) no es más que un humilde pero sincero reconocimiento a todos. A los que nos cuentan sus historias y a quienes no hemos alcanzado a visitar. Llegar, por ejemplo, a las comunidades del río Sepa y Mishagua es cuestión de días en esta época del año.

No son todos los que están. Son muchos más. Podríamos llenar diez revistas como esta y nos seguiría faltando espacio. Porque todos y cada uno de los más de 250 adultos mayores de nuestro distrito son maestros en algo. Unas tejen, otros cazan; otras cocinan rico, otros atesoran los cuentos y leyendas más significativos de su etnia. Todos, absolutamente todos, han vivido épocas duras que han superado a base de trabajo e ingenio.

Aunque son de etnias diferentes, todos hablan un mismo lenguaje: el de la selva. El de saber aprovechar lo que la naturaleza nos brinda, el de vivir en plena conexión con el entorno. Ahora, ilusionados, toman conciencia del valor de ese lenguaje que hoy día nos transfieren como el mayor de los tesoros.

Gracias, mis abuelos. Gracias.”

Con estas palabras y la revista Poyagnu Natjirune, desde Radio Sepahua homenajeamos a todos los adultos mayores de nuestro distrito. Ellos, contentos y emocionados, recibieron el pasado martes a la ministra de Desarrollo e Inclusión Social en el I Encuentro de Saberes Ancestrales que se ha organizado en Ucayali. Más de un centenar de abuelitos participaron en esta feria en la que mostraron a las autoridades y a toda la población esos conocimientos que recibieron de sus abuelos y que han acompañado a sus etnias desde hace décadas.

A Hilda le apena que sus nietas compren ollas de aluminio en vez de elaborar sus propias ollas de barro –“no todo hay que comprar si fácil puedes hacer”, razona esta anciana-; Benjamín teme que sus nietos no consigan una enamorada por no saber hacer una canoa, porque “¿qué mujer va a querer un marido ocioso que no la pueda llevar a pasear?”; muchos ven con tristeza cómo sus nietos ignoran sus leyendas y hasta su propia lengua.

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Sin embargo, en las últimas semanas, ellos se han convertido en maestros, sus nietos, en alumnos y la tristeza en alegría. Enseñando a los más pequeños a tejer, a hacer mocahuas, a tallar remos y a elaborar flechas, entre otras muchas cosas, los viejitos han recuperado la ilusión. La visita de la ministra solo fue el broche de oro de un trabajo de semanas que, esperemos, continúe porque solo escuchando la voz de los más mayores la historia y las tradiciones de las etnias del Bajo Urubamba seguirán vivas.

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Óscar, Beatriz, Gabi y yo hemos tenido la suerte de convertirnos también en alumnos de estos abuelitos. Con ellos hemos aprendido a hacer flechas y a dispararlas, a dar vida al barro para hacer mocahuas y tinajas; que lo mejor para ahuyentar los malos espíritus es entonar el ‘yama-yama’ y que nada como un traguito de ajosacha para los dolores de huesos. Todo lo hemos plasmado lo mejor que hemos sabido en las páginas de esta revista, que os invito a leer.

“Señorita, a mis 76 años, primera vez que salgo en revista”, me dijo Benjamín. “Yo nunca pensé ser famoso, pero estoy bien contento. La llevaré a Puija para que todos me vean y la guardaré siempre”. Escuchar frases como esta, ver a los abuelitos reconociéndose en las páginas de la revista y pidiendo a sus nietos que se la leyeran fue la mejor recompensa a muchas horas de trabajo. Sin embargo, el verdadero regalo es todo lo que hemos aprendido compartiendo su tiempo y sus saberes. Poyagnu natjirune.

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De vuelta a casa

De vuelta a casa

No se había detenido del todo la avioneta, cuando más de un centenar de personas la rodearon impacientes. Y es que, tras las falsas alarmas del día anterior, esta vez era cierto: a bordo se encontraba el Padre Ignacio, que regresaba a Sepahua ocho meses después de haberse ido sin pensar que su ausencia iba a ser tan larga.

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Desde que empezó a extenderse la noticia de que el sacerdote volvía el viernes, un goteo incesante de personas se fue acercando a la Misión. “¿Es verdad que está llegando ya el Padre?, ¿Podrán avisarme para que vaya a recibirle?”, preguntaban unos y otros. No hizo falta. El jueves por la noche, estaba acabando de redactar las noticias cuando cacé al vuelo un par de palabras del anuncio que estaba haciendo la señora Yeni a través del parlante. Pensé que había entendido mal y seguí a lo mío, pero a los pocos minutos se asomó el Padre Macario a la oficina. “¿Has oído a Yeni? Está avisando de que Ignacio llega mañana para que la gente vaya a recibirle. ¿Tú sabes algo de eso?”.

A mi mente vinieron dos opciones: Beatriz o la Municipalidad. Bea me dijo que no sabía nada, pero en menos de cinco minutos confirmó mi segunda sospecha: la Municipalidad de Sepahua estaba organizando el recibimiento al Padre Ignacio. El viernes por la mañana fuimos a ver qué estaban tramando y salimos de allí con una misión: avisarles en cuanto Ignacio pusiera un pie en el aeropuerto de Pucallpa.

A las 15:00 horas del viernes los pasajeros de la avioneta estaban citados para el embarque. En ese mismo momento, en Sepahua -a casi hora y media de vuelo-, ya estaba reunida la banda de música del colegio Francisco Álvarez dispuesta a recibir al misionero al ritmo de trompetas, bombos y platillos. Sin embargo, el mal tiempo que hacía en capital de Ucayali frustró todos estos planes. El vuelo no despegó, los instrumentos volvieron a sus fundas y las pancartas quedaron recogidas hasta el día siguiente.

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Sobre las 7:15 de la mañana del sábado, un wasap de Pedro me avisó de que estaban a punto de despegar. A esa hora en Sepahua no hay luz, lo que implica que tampoco hay línea de teléfono. Por eso, fuimos rápidamente a casa del profe Fredy, director del colegio, para que convocara a la banda. ¿Y cómo se hace eso si no hay teléfono? Muy fácil: ¡a través de la radio! Así, los muchachos fueron llegando poco a poco al aeropuerto donde se unieron al resto de vecinos que esperaban al Padre Ignacio.

Entre ellos se encontraba, por ejemplo, algunas nahuas que viven frente a la Misión. Una de ellas sujetaba un cartel hecho por su nieta en el que ponía “Los hijos de la selva te queremos”. Apenas sabe castellano, pero no dejaba de repetir: “Padre Ignacio es mi amigo, es bueno y ayuda a los nahuas”. Otra se lanzó a abrazar al misionero en cuanto bajó de la avioneta. No decía nada, pero no hacía falta: sus ojos llenos de lágrimas y la fuerza con la que se agarraba del brazo del Padre Ignacio hablaban por ella.

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Minutos antes, bromeando, le comenté a una señora que parecía que esperaban la visita del Papa. “El Padre Granuja –como le llaman cariñosamente a Ignacio muchas personas en Sepahua-  para nosotros es más importante que cualquier Papa. Él nos ha ayudado a todos: a los que le queremos y a los que no le quieren también” me contestó.” Y yo al Papa no le conozco”, concluyó con una lógica aplastante.

Cuando comenté esto con Bea, ella me contó una anécdota que a su vez le había contado Mariela, que fue durante varios años profesora en la Comunidad Nativa de Serjali. Una tarde fueron a verla dos señoras nahuas llorando y diciéndole que estaban muy tristes porque el Padre Nemesio se había muerto. Enseguida se dio cuenta del error. Y es que esa misma mañana les había dicho a sus alumnos que el sacerdote más importante de la Iglesia, el más viejito, había muerto. Ella hablaba del Papa Juan Pablo II, pero para ellos el sacerdote más importante y más viejito no vivía en Roma sino en Sepahua y se llamaba Nemesio.

Desde que el ‘comité de bienvenida’ del Padre Ignacio le dejara en la Misión, esa puerta ha estado más acompañada que en todo el tiempo que llevo en Sepahua. Personas que vienen a saludar, personas que vienen a charlar, personas que vienen a pedir algo… todos llevaban ocho meses esperando que quien responda con voz enérgica e impaciente al otro lado sea el Padre Ignacio, el sacerdote más importante para ellos que, por fin, ha vuelto a casa.

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