Sepahua km 0

Sepahua km 0

“Un viaje en el tiempo y en el espacio”. Así me describieron los cerca de 400 kilómetros que separan Lima de Sepahua días antes de empezar esta aventura, mientras intentaba decidir qué meter en la maleta y apartar de mi mente a la docena de personas que se habían ahogado en las aguas del Urubamba que recorrería días después. Ha pasado mes y medio desde entonces y Sepahua ya no ese punto perdido en una masa de árboles que veía en Internet.

Sepahua son los paseos en moto a la caza de noticias; la compañía de Mayer y Mayelly (dos mellizos de doce años que nada más llegar me dijeron que habían prometido a Beatriz que me cuidarían y lo están cumpliendo); las miradas curiosas de los niños nahuas que acampan en la puerta de la emisora y me frotan las manos “para ver si dejo de ser tan blanquiñosa” y los gritos de “Seeerjali, Serjali, Misión Sepahua” que salen desde la sala de radiofonía cuando los sharas se comunican –a todas horas- con su Comunidad.

puerto sepahua

El calor húmedo que lo envuelve todo y los mosquitos y demás bichos que se están poniendo las botas a mi costa son la parte más incómoda de esta aventura. Pero sin ellos, sin las palmeras y los mameys, sin la presencia de los sapos que anuncian la lluvia y la vegetación que crece más rápido de lo que uno es capaz de cultivar, esto no sería la Amazonía.

En Sepahua confluyen mundos paralelos: el castellano y las lenguas nativas; la cerveza y el masato (la bebida de la selva); los motocars y los peke-pekes (las pequeñas canoas con motor en las que tradicionalmente estos pueblos han surcado el río); la riqueza producida por los yacimientos de gas y la miseria en la que viven muchas familias, en una región en el que el 85% de los niños indígenas sufre anemia y que está a la cola del país en educación.

Durante las casi 48 horas de viaje entre Lima y Sepahua fui intuyendo cómo sería este lugar. Desde el autobús que me condujo de noche hasta los 5.000 metros de altura de la sierra para descender hasta la ciudad de Satipo, pude ver –cuando me atreví a mirar por la ventanilla entre curvas y frenazos- cómo el marrón del paisaje se convertía en verde. Entre Satipo y Atalaya descubrí que más me valía cambiar mi manera de medir las distancias y sustituir los kilómetros por las horas. ¿De qué sirven en una “carretera” que puede recorrerse en 6 horas o en 8 o… quién sabe? Cuando todo depende de si se pueden cruzar las quebradas o hay que esperar a que baje el nivel de agua, de si hay que apartar piedras del camino, de si los pasajeros necesitan parar para ir al baño… mejor cambiar el chip y empezar a tomarse las cosas con calma.

De camino a Sepahua, el colectivo recogió pasajeros en las diferentes comunidades nativas que se encuentran en las orillas del Urubamba. Estas, junto con las comunidades que siguen hacia el Distrito de Echarati, ya en el Cuzco, y las más alejadas de los ríos Sepa y Mishagua, forman la audiencia de la radio. Durante los próximos meses espero contar lo mejor que sepa cómo se vive en el trocito de selva amazónica que estoy teniendo la suerte de conocer. ¡Bienvenidos a las orillas del Sepahua!

leyre niños

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