Fiestas en la selva

Fiestas en la selva

Cuando los restos de los fuegos artificiales empezaron a caer sobre la plaza de Armas de Sepahua, tan solo dos personas empezaron a correr para ponerse a cubierto: Gabi y yo. Una portuguesa y una española mirando alarmadas cómo una cascada de chispas caía sobre las cabezas de todos los presentes, mientras los demás contemplaban el espectáculo sin sorprenderse lo más mínimo. De repente, algo se prendió en una de las casetas-restaurante. Los comensales le dedicaron un segundo de atención y siguieron mirando al cielo, tan tranquilos, como si todo pudiera esperar a que terminaran los fuegos artificiales.

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Cuando el ‘riesgo’ pasó, volvimos a la mesa con un único pensamiento: “Estos peruanos no tienen consciencia del peligro”. A cambio, ellos nos dedicaron toda la colección de adjetivos que van desde ‘locas’ a ‘histéricas’ y no faltó la frase con la que Óscar zanja muchas de nuestras conversaciones: “Esto es la selva, Ley”.

Y sí. Esto es la selva. Igual por eso, y a pesar del susto, los fuegos artificiales me gustaron mucho más que cualquier otra vez que los haya visto, aunque técnicamente no les llegaran ni a la suela del zapato. Sin embargo, la oscuridad de la noche de Sepahua con sus cientos de estrellas lo compensa. Me imagino cómo se verían los fuegos desde arriba: unas lucecitas en medio de la inmensidad de la selva… Nada que ver con la cantidad de luces que nunca se apagan en otras zonas del mundo.

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De esta manera se celebraron en Sepahua sus 33 años de creación política como distrito. Hasta el 1 de junio de 1982, todo lo que hoy forma parte del departamento de Ucayali pertenecía al de Loreto. Esto implicaba que para hacer trámites oficiales, los habitantes de esta zona tuvieran que llegar hasta la ciudad de Iquitos. Por ejemplo, cuando los profesores iban a recoger sus nombramientos, se montaban en un bote y un mes después llegaban allí; hacían sus papeles y otro mes de vuelta hasta Sepahua.

La creación del departamento de Ucayali, la provincia de Atalaya y el distrito de Sepahua facilitó todas estas gestiones; así que no me extraña que se celebre por todo lo alto. Durante cuatro días no faltaron los ingredientes básicos de cualquier fiesta: la música, la comida y la bebida; además de las más de veinte actividades organizadas para festejar el aniversario.

El acto central de las celebraciones es el desfile cívico, militar y estudiantil en el que todas las instituciones y colectivos del distrito marchan frente a las autoridades llevando la bandera de Perú, las insignias que les representan… todo al ritmo que marca la banda de música. Durante tres horas, a pleno sol, vimos desfialar a los niñitos de las escuelas iniciales, a los casi mil estudiantes de los colegios de Sepahua, los representantes de cada barrio, las autoridades de la Comunidad Nativa… Intenté trasladar, en mi cabeza, el mismo acto a Pamplona, pero la verdad es que no puedo ni imaginármelo.

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Como tampoco hace un año podía imaginarme algunas de las cosas que viví durante los días que duraron las fiestas por el aniversario. Por primera vez, presencié una emocionante carrera de peke-pekes por el río, probé cómo sabe la tortuga e intenté aprender cómo se dispara con un arco y una flecha, entre las carcajadas de los abuelitos que las habían fabricado. Cuando vieron que casi no era capaz de sujetar el arco y la flecha llegaron a una conclusión a la que yo ya había llegado antes de que empezaran con su clase: si me pierdo sola en la selva, teniendo en cuenta mis técnicas de caza, casi me da lo mismo tener un arco que no tenerlo. Y es que es verdad… Hay algo contra lo que no se puede luchar: esto es la selva.

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