Las huellas de Goreti

Las huellas de Goreti

La primera vez que vi a Goreti, estaba hecha un ovillo sobre una puerta de madera que hacía las veces de alfombra. La última, este sábado, la puerta había desaparecido y ella estaba sentada en el suelo al lado de un bolso de deporte donde se almacenaban sus escasas pertenencias. A sus 28 años, Goreti, que nació con parálisis cerebral, iba a hacer el segundo viaje de su vida.

El primero, lo hizo con seis años. Su madre acababa de fallecer y su padre no podía hacerse cargo de una niña enferma, que nunca había aprendido a gatear y que necesitaba cuidados constantes. Por eso, se plantó en la puerta de la Misión con un objetivo: dejarla al cuidado del Padre Ignacio. Él, sorprendido de que no hubieran abandonado a la pequeña nada más nacer como solía hacerse con los niños que no eran normales, la llevó al centro médico de Sepahua. Desde entonces, durante 22 años, se ha preocupado de que Goreti tenga quien le atienda.

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“Cuando la llevamos al hospital, casi tienen que quitarle los piojos a manguerazos de lo sucia que estaba”, recuerda el Padre Ignacio. Cuando se recuperó un poco de la desnutrición que sufría, la señora Teresa la acogió en su casa donde le cuidó durante muchos años. Cuando la edad le impidió cargar con los 30 kilos de Goreti para bañarla, para vestirla, para acostarla… fueron sus hijas las que le hicieron el relevo. Durante los últimos cinco años, ha sido Irene, la nuera de la señora Teresa, quien ha atendido a Goreti. Desde hace años, desde España llegan puntualmente 100 euros al mes –unos 300 soles- para comprar las medicinas y pañales que necesita Goreti y para pagar a esta familia por sus cuidados.

“La sentamos en la puerta porque está más limpia que el suelo”, me explicó Irene mientras peinaba a Goreti con una media coleta. La estaba poniendo guapa porque esa tarde esperaban la visita de los técnicos de Reniec (Registro Nacional de Identificación y Estado Civil), que iban a hacerle una foto muy especial: la de su primer DNI. “Se calcula que en el Distrito de Sepahua todavía faltan por identificar entre un 3 y un 5% de los adultos”, señalan mientras preparan los documentos de Goreti. “La mayor parte son abuelitos que viven alejados, pero también existe algún caso como este: personas con alguna discapacidad que no salen de casa y nunca han necesitado un DNI para nada ni sus familiares se han planteado que es bueno que lo tengan”.

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Goreti necesitaba su DNI para emprender el segundo viaje de su vida: desde Sepahua hasta la ciudad de Chimbote, donde había sido admitida en un centro especializado para personas con parálisis cerebral dirigido las Hermanas de la Caridad. Parece que entiende las tranquilizadoras palabras del técnico de Reniec y deja que coja su mano y manche uno a uno todos sus dedos en tinta. Sin embargo, rellenar todos los documentos no es sencillo: Goreti se revuelve e Irene le tranquiliza.

Hacerle la foto tampoco es fácil. Sus huesos, retorcidos, parece que se niegan a dejarle alzar la cabeza y mirar al frente. Sin embargo, con un poco de tiempo y paciencia, los trabajadores de Reniec consiguen una imagen válida para su DNI. Un documento que permitió a Goreti Mainahuarute convertirse oficialmente en ciudadana del Estado peruano y cambiar una puerta tendida en el suelo por un asiento en un vuelo rumbo a Lima.

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