Cuando la sanidad no es un derecho de todos

Cuando la sanidad no es un derecho de todos

Vecinos de Capirona y Onconashari, dos comunidades nativas situadas en el río Sepa, han denunciado en Sepahua que sus infraestructuras de salud no cuentan con los recursos suficientes para hacer frente a las necesidades de la población. En ellas, no hay medicinas para tratar dolencias tan comunes como una faringitis o un resfriado, ni tampoco tratamientos específicos para complicaciones que se presentan frecuentemente en la zona, como pueden ser las mordeduras de víbora. Los técnicos de salud que atienden en Capirona y Onconashari definen estas postas como “establecimientos vacíos” en los que no cuentan con materiales para tratar a los casi 200 moradores de cada una de las comunidades.

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Poyagnu Natjirune

Poyagnu Natjirune

“Ellos suelen ser más comunicativos y afables. Quizás porque algunos, como Álvaro, Juan o Domingo, han viajado. Han visto mundo pero siempre, a su regreso, han sabido preservar sus costumbres, su cultura. Ellas más tímidas. Con dificultades incluso para entender y hablar el castellano, como Dora, Celia o Elena. Pero maestras a la hora de hilar y tejer algodón, confeccionar canastas o cocinar patarashca.

Poyagnu Natjirune (‘Gracias mis abuelos’, en lengua yine) no es más que un humilde pero sincero reconocimiento a todos. A los que nos cuentan sus historias y a quienes no hemos alcanzado a visitar. Llegar, por ejemplo, a las comunidades del río Sepa y Mishagua es cuestión de días en esta época del año.

No son todos los que están. Son muchos más. Podríamos llenar diez revistas como esta y nos seguiría faltando espacio. Porque todos y cada uno de los más de 250 adultos mayores de nuestro distrito son maestros en algo. Unas tejen, otros cazan; otras cocinan rico, otros atesoran los cuentos y leyendas más significativos de su etnia. Todos, absolutamente todos, han vivido épocas duras que han superado a base de trabajo e ingenio.

Aunque son de etnias diferentes, todos hablan un mismo lenguaje: el de la selva. El de saber aprovechar lo que la naturaleza nos brinda, el de vivir en plena conexión con el entorno. Ahora, ilusionados, toman conciencia del valor de ese lenguaje que hoy día nos transfieren como el mayor de los tesoros.

Gracias, mis abuelos. Gracias.”

Con estas palabras y la revista Poyagnu Natjirune, desde Radio Sepahua homenajeamos a todos los adultos mayores de nuestro distrito. Ellos, contentos y emocionados, recibieron el pasado martes a la ministra de Desarrollo e Inclusión Social en el I Encuentro de Saberes Ancestrales que se ha organizado en Ucayali. Más de un centenar de abuelitos participaron en esta feria en la que mostraron a las autoridades y a toda la población esos conocimientos que recibieron de sus abuelos y que han acompañado a sus etnias desde hace décadas.

A Hilda le apena que sus nietas compren ollas de aluminio en vez de elaborar sus propias ollas de barro –“no todo hay que comprar si fácil puedes hacer”, razona esta anciana-; Benjamín teme que sus nietos no consigan una enamorada por no saber hacer una canoa, porque “¿qué mujer va a querer un marido ocioso que no la pueda llevar a pasear?”; muchos ven con tristeza cómo sus nietos ignoran sus leyendas y hasta su propia lengua.

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Sin embargo, en las últimas semanas, ellos se han convertido en maestros, sus nietos, en alumnos y la tristeza en alegría. Enseñando a los más pequeños a tejer, a hacer mocahuas, a tallar remos y a elaborar flechas, entre otras muchas cosas, los viejitos han recuperado la ilusión. La visita de la ministra solo fue el broche de oro de un trabajo de semanas que, esperemos, continúe porque solo escuchando la voz de los más mayores la historia y las tradiciones de las etnias del Bajo Urubamba seguirán vivas.

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Óscar, Beatriz, Gabi y yo hemos tenido la suerte de convertirnos también en alumnos de estos abuelitos. Con ellos hemos aprendido a hacer flechas y a dispararlas, a dar vida al barro para hacer mocahuas y tinajas; que lo mejor para ahuyentar los malos espíritus es entonar el ‘yama-yama’ y que nada como un traguito de ajosacha para los dolores de huesos. Todo lo hemos plasmado lo mejor que hemos sabido en las páginas de esta revista, que os invito a leer.

“Señorita, a mis 76 años, primera vez que salgo en revista”, me dijo Benjamín. “Yo nunca pensé ser famoso, pero estoy bien contento. La llevaré a Puija para que todos me vean y la guardaré siempre”. Escuchar frases como esta, ver a los abuelitos reconociéndose en las páginas de la revista y pidiendo a sus nietos que se la leyeran fue la mejor recompensa a muchas horas de trabajo. Sin embargo, el verdadero regalo es todo lo que hemos aprendido compartiendo su tiempo y sus saberes. Poyagnu natjirune.

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Fiestas en la selva

Fiestas en la selva

Cuando los restos de los fuegos artificiales empezaron a caer sobre la plaza de Armas de Sepahua, tan solo dos personas empezaron a correr para ponerse a cubierto: Gabi y yo. Una portuguesa y una española mirando alarmadas cómo una cascada de chispas caía sobre las cabezas de todos los presentes, mientras los demás contemplaban el espectáculo sin sorprenderse lo más mínimo. De repente, algo se prendió en una de las casetas-restaurante. Los comensales le dedicaron un segundo de atención y siguieron mirando al cielo, tan tranquilos, como si todo pudiera esperar a que terminaran los fuegos artificiales.

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Cuando el ‘riesgo’ pasó, volvimos a la mesa con un único pensamiento: “Estos peruanos no tienen consciencia del peligro”. A cambio, ellos nos dedicaron toda la colección de adjetivos que van desde ‘locas’ a ‘histéricas’ y no faltó la frase con la que Óscar zanja muchas de nuestras conversaciones: “Esto es la selva, Ley”.

Y sí. Esto es la selva. Igual por eso, y a pesar del susto, los fuegos artificiales me gustaron mucho más que cualquier otra vez que los haya visto, aunque técnicamente no les llegaran ni a la suela del zapato. Sin embargo, la oscuridad de la noche de Sepahua con sus cientos de estrellas lo compensa. Me imagino cómo se verían los fuegos desde arriba: unas lucecitas en medio de la inmensidad de la selva… Nada que ver con la cantidad de luces que nunca se apagan en otras zonas del mundo.

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De esta manera se celebraron en Sepahua sus 33 años de creación política como distrito. Hasta el 1 de junio de 1982, todo lo que hoy forma parte del departamento de Ucayali pertenecía al de Loreto. Esto implicaba que para hacer trámites oficiales, los habitantes de esta zona tuvieran que llegar hasta la ciudad de Iquitos. Por ejemplo, cuando los profesores iban a recoger sus nombramientos, se montaban en un bote y un mes después llegaban allí; hacían sus papeles y otro mes de vuelta hasta Sepahua.

La creación del departamento de Ucayali, la provincia de Atalaya y el distrito de Sepahua facilitó todas estas gestiones; así que no me extraña que se celebre por todo lo alto. Durante cuatro días no faltaron los ingredientes básicos de cualquier fiesta: la música, la comida y la bebida; además de las más de veinte actividades organizadas para festejar el aniversario.

El acto central de las celebraciones es el desfile cívico, militar y estudiantil en el que todas las instituciones y colectivos del distrito marchan frente a las autoridades llevando la bandera de Perú, las insignias que les representan… todo al ritmo que marca la banda de música. Durante tres horas, a pleno sol, vimos desfialar a los niñitos de las escuelas iniciales, a los casi mil estudiantes de los colegios de Sepahua, los representantes de cada barrio, las autoridades de la Comunidad Nativa… Intenté trasladar, en mi cabeza, el mismo acto a Pamplona, pero la verdad es que no puedo ni imaginármelo.

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Como tampoco hace un año podía imaginarme algunas de las cosas que viví durante los días que duraron las fiestas por el aniversario. Por primera vez, presencié una emocionante carrera de peke-pekes por el río, probé cómo sabe la tortuga e intenté aprender cómo se dispara con un arco y una flecha, entre las carcajadas de los abuelitos que las habían fabricado. Cuando vieron que casi no era capaz de sujetar el arco y la flecha llegaron a una conclusión a la que yo ya había llegado antes de que empezaran con su clase: si me pierdo sola en la selva, teniendo en cuenta mis técnicas de caza, casi me da lo mismo tener un arco que no tenerlo. Y es que es verdad… Hay algo contra lo que no se puede luchar: esto es la selva.

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