Poyagnu Natjirune

Poyagnu Natjirune

“Ellos suelen ser más comunicativos y afables. Quizás porque algunos, como Álvaro, Juan o Domingo, han viajado. Han visto mundo pero siempre, a su regreso, han sabido preservar sus costumbres, su cultura. Ellas más tímidas. Con dificultades incluso para entender y hablar el castellano, como Dora, Celia o Elena. Pero maestras a la hora de hilar y tejer algodón, confeccionar canastas o cocinar patarashca.

Poyagnu Natjirune (‘Gracias mis abuelos’, en lengua yine) no es más que un humilde pero sincero reconocimiento a todos. A los que nos cuentan sus historias y a quienes no hemos alcanzado a visitar. Llegar, por ejemplo, a las comunidades del río Sepa y Mishagua es cuestión de días en esta época del año.

No son todos los que están. Son muchos más. Podríamos llenar diez revistas como esta y nos seguiría faltando espacio. Porque todos y cada uno de los más de 250 adultos mayores de nuestro distrito son maestros en algo. Unas tejen, otros cazan; otras cocinan rico, otros atesoran los cuentos y leyendas más significativos de su etnia. Todos, absolutamente todos, han vivido épocas duras que han superado a base de trabajo e ingenio.

Aunque son de etnias diferentes, todos hablan un mismo lenguaje: el de la selva. El de saber aprovechar lo que la naturaleza nos brinda, el de vivir en plena conexión con el entorno. Ahora, ilusionados, toman conciencia del valor de ese lenguaje que hoy día nos transfieren como el mayor de los tesoros.

Gracias, mis abuelos. Gracias.”

Con estas palabras y la revista Poyagnu Natjirune, desde Radio Sepahua homenajeamos a todos los adultos mayores de nuestro distrito. Ellos, contentos y emocionados, recibieron el pasado martes a la ministra de Desarrollo e Inclusión Social en el I Encuentro de Saberes Ancestrales que se ha organizado en Ucayali. Más de un centenar de abuelitos participaron en esta feria en la que mostraron a las autoridades y a toda la población esos conocimientos que recibieron de sus abuelos y que han acompañado a sus etnias desde hace décadas.

A Hilda le apena que sus nietas compren ollas de aluminio en vez de elaborar sus propias ollas de barro –“no todo hay que comprar si fácil puedes hacer”, razona esta anciana-; Benjamín teme que sus nietos no consigan una enamorada por no saber hacer una canoa, porque “¿qué mujer va a querer un marido ocioso que no la pueda llevar a pasear?”; muchos ven con tristeza cómo sus nietos ignoran sus leyendas y hasta su propia lengua.

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Sin embargo, en las últimas semanas, ellos se han convertido en maestros, sus nietos, en alumnos y la tristeza en alegría. Enseñando a los más pequeños a tejer, a hacer mocahuas, a tallar remos y a elaborar flechas, entre otras muchas cosas, los viejitos han recuperado la ilusión. La visita de la ministra solo fue el broche de oro de un trabajo de semanas que, esperemos, continúe porque solo escuchando la voz de los más mayores la historia y las tradiciones de las etnias del Bajo Urubamba seguirán vivas.

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Óscar, Beatriz, Gabi y yo hemos tenido la suerte de convertirnos también en alumnos de estos abuelitos. Con ellos hemos aprendido a hacer flechas y a dispararlas, a dar vida al barro para hacer mocahuas y tinajas; que lo mejor para ahuyentar los malos espíritus es entonar el ‘yama-yama’ y que nada como un traguito de ajosacha para los dolores de huesos. Todo lo hemos plasmado lo mejor que hemos sabido en las páginas de esta revista, que os invito a leer.

“Señorita, a mis 76 años, primera vez que salgo en revista”, me dijo Benjamín. “Yo nunca pensé ser famoso, pero estoy bien contento. La llevaré a Puija para que todos me vean y la guardaré siempre”. Escuchar frases como esta, ver a los abuelitos reconociéndose en las páginas de la revista y pidiendo a sus nietos que se la leyeran fue la mejor recompensa a muchas horas de trabajo. Sin embargo, el verdadero regalo es todo lo que hemos aprendido compartiendo su tiempo y sus saberes. Poyagnu natjirune.

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Las huellas de Goreti

Las huellas de Goreti

La primera vez que vi a Goreti, estaba hecha un ovillo sobre una puerta de madera que hacía las veces de alfombra. La última, este sábado, la puerta había desaparecido y ella estaba sentada en el suelo al lado de un bolso de deporte donde se almacenaban sus escasas pertenencias. A sus 28 años, Goreti, que nació con parálisis cerebral, iba a hacer el segundo viaje de su vida.

El primero, lo hizo con seis años. Su madre acababa de fallecer y su padre no podía hacerse cargo de una niña enferma, que nunca había aprendido a gatear y que necesitaba cuidados constantes. Por eso, se plantó en la puerta de la Misión con un objetivo: dejarla al cuidado del Padre Ignacio. Él, sorprendido de que no hubieran abandonado a la pequeña nada más nacer como solía hacerse con los niños que no eran normales, la llevó al centro médico de Sepahua. Desde entonces, durante 22 años, se ha preocupado de que Goreti tenga quien le atienda.

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“Cuando la llevamos al hospital, casi tienen que quitarle los piojos a manguerazos de lo sucia que estaba”, recuerda el Padre Ignacio. Cuando se recuperó un poco de la desnutrición que sufría, la señora Teresa la acogió en su casa donde le cuidó durante muchos años. Cuando la edad le impidió cargar con los 30 kilos de Goreti para bañarla, para vestirla, para acostarla… fueron sus hijas las que le hicieron el relevo. Durante los últimos cinco años, ha sido Irene, la nuera de la señora Teresa, quien ha atendido a Goreti. Desde hace años, desde España llegan puntualmente 100 euros al mes –unos 300 soles- para comprar las medicinas y pañales que necesita Goreti y para pagar a esta familia por sus cuidados.

“La sentamos en la puerta porque está más limpia que el suelo”, me explicó Irene mientras peinaba a Goreti con una media coleta. La estaba poniendo guapa porque esa tarde esperaban la visita de los técnicos de Reniec (Registro Nacional de Identificación y Estado Civil), que iban a hacerle una foto muy especial: la de su primer DNI. “Se calcula que en el Distrito de Sepahua todavía faltan por identificar entre un 3 y un 5% de los adultos”, señalan mientras preparan los documentos de Goreti. “La mayor parte son abuelitos que viven alejados, pero también existe algún caso como este: personas con alguna discapacidad que no salen de casa y nunca han necesitado un DNI para nada ni sus familiares se han planteado que es bueno que lo tengan”.

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Goreti necesitaba su DNI para emprender el segundo viaje de su vida: desde Sepahua hasta la ciudad de Chimbote, donde había sido admitida en un centro especializado para personas con parálisis cerebral dirigido las Hermanas de la Caridad. Parece que entiende las tranquilizadoras palabras del técnico de Reniec y deja que coja su mano y manche uno a uno todos sus dedos en tinta. Sin embargo, rellenar todos los documentos no es sencillo: Goreti se revuelve e Irene le tranquiliza.

Hacerle la foto tampoco es fácil. Sus huesos, retorcidos, parece que se niegan a dejarle alzar la cabeza y mirar al frente. Sin embargo, con un poco de tiempo y paciencia, los trabajadores de Reniec consiguen una imagen válida para su DNI. Un documento que permitió a Goreti Mainahuarute convertirse oficialmente en ciudadana del Estado peruano y cambiar una puerta tendida en el suelo por un asiento en un vuelo rumbo a Lima.

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Fiestas en la selva

Fiestas en la selva

Cuando los restos de los fuegos artificiales empezaron a caer sobre la plaza de Armas de Sepahua, tan solo dos personas empezaron a correr para ponerse a cubierto: Gabi y yo. Una portuguesa y una española mirando alarmadas cómo una cascada de chispas caía sobre las cabezas de todos los presentes, mientras los demás contemplaban el espectáculo sin sorprenderse lo más mínimo. De repente, algo se prendió en una de las casetas-restaurante. Los comensales le dedicaron un segundo de atención y siguieron mirando al cielo, tan tranquilos, como si todo pudiera esperar a que terminaran los fuegos artificiales.

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Cuando el ‘riesgo’ pasó, volvimos a la mesa con un único pensamiento: “Estos peruanos no tienen consciencia del peligro”. A cambio, ellos nos dedicaron toda la colección de adjetivos que van desde ‘locas’ a ‘histéricas’ y no faltó la frase con la que Óscar zanja muchas de nuestras conversaciones: “Esto es la selva, Ley”.

Y sí. Esto es la selva. Igual por eso, y a pesar del susto, los fuegos artificiales me gustaron mucho más que cualquier otra vez que los haya visto, aunque técnicamente no les llegaran ni a la suela del zapato. Sin embargo, la oscuridad de la noche de Sepahua con sus cientos de estrellas lo compensa. Me imagino cómo se verían los fuegos desde arriba: unas lucecitas en medio de la inmensidad de la selva… Nada que ver con la cantidad de luces que nunca se apagan en otras zonas del mundo.

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De esta manera se celebraron en Sepahua sus 33 años de creación política como distrito. Hasta el 1 de junio de 1982, todo lo que hoy forma parte del departamento de Ucayali pertenecía al de Loreto. Esto implicaba que para hacer trámites oficiales, los habitantes de esta zona tuvieran que llegar hasta la ciudad de Iquitos. Por ejemplo, cuando los profesores iban a recoger sus nombramientos, se montaban en un bote y un mes después llegaban allí; hacían sus papeles y otro mes de vuelta hasta Sepahua.

La creación del departamento de Ucayali, la provincia de Atalaya y el distrito de Sepahua facilitó todas estas gestiones; así que no me extraña que se celebre por todo lo alto. Durante cuatro días no faltaron los ingredientes básicos de cualquier fiesta: la música, la comida y la bebida; además de las más de veinte actividades organizadas para festejar el aniversario.

El acto central de las celebraciones es el desfile cívico, militar y estudiantil en el que todas las instituciones y colectivos del distrito marchan frente a las autoridades llevando la bandera de Perú, las insignias que les representan… todo al ritmo que marca la banda de música. Durante tres horas, a pleno sol, vimos desfialar a los niñitos de las escuelas iniciales, a los casi mil estudiantes de los colegios de Sepahua, los representantes de cada barrio, las autoridades de la Comunidad Nativa… Intenté trasladar, en mi cabeza, el mismo acto a Pamplona, pero la verdad es que no puedo ni imaginármelo.

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Como tampoco hace un año podía imaginarme algunas de las cosas que viví durante los días que duraron las fiestas por el aniversario. Por primera vez, presencié una emocionante carrera de peke-pekes por el río, probé cómo sabe la tortuga e intenté aprender cómo se dispara con un arco y una flecha, entre las carcajadas de los abuelitos que las habían fabricado. Cuando vieron que casi no era capaz de sujetar el arco y la flecha llegaron a una conclusión a la que yo ya había llegado antes de que empezaran con su clase: si me pierdo sola en la selva, teniendo en cuenta mis técnicas de caza, casi me da lo mismo tener un arco que no tenerlo. Y es que es verdad… Hay algo contra lo que no se puede luchar: esto es la selva.

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De vuelta a casa

De vuelta a casa

No se había detenido del todo la avioneta, cuando más de un centenar de personas la rodearon impacientes. Y es que, tras las falsas alarmas del día anterior, esta vez era cierto: a bordo se encontraba el Padre Ignacio, que regresaba a Sepahua ocho meses después de haberse ido sin pensar que su ausencia iba a ser tan larga.

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Desde que empezó a extenderse la noticia de que el sacerdote volvía el viernes, un goteo incesante de personas se fue acercando a la Misión. “¿Es verdad que está llegando ya el Padre?, ¿Podrán avisarme para que vaya a recibirle?”, preguntaban unos y otros. No hizo falta. El jueves por la noche, estaba acabando de redactar las noticias cuando cacé al vuelo un par de palabras del anuncio que estaba haciendo la señora Yeni a través del parlante. Pensé que había entendido mal y seguí a lo mío, pero a los pocos minutos se asomó el Padre Macario a la oficina. “¿Has oído a Yeni? Está avisando de que Ignacio llega mañana para que la gente vaya a recibirle. ¿Tú sabes algo de eso?”.

A mi mente vinieron dos opciones: Beatriz o la Municipalidad. Bea me dijo que no sabía nada, pero en menos de cinco minutos confirmó mi segunda sospecha: la Municipalidad de Sepahua estaba organizando el recibimiento al Padre Ignacio. El viernes por la mañana fuimos a ver qué estaban tramando y salimos de allí con una misión: avisarles en cuanto Ignacio pusiera un pie en el aeropuerto de Pucallpa.

A las 15:00 horas del viernes los pasajeros de la avioneta estaban citados para el embarque. En ese mismo momento, en Sepahua -a casi hora y media de vuelo-, ya estaba reunida la banda de música del colegio Francisco Álvarez dispuesta a recibir al misionero al ritmo de trompetas, bombos y platillos. Sin embargo, el mal tiempo que hacía en capital de Ucayali frustró todos estos planes. El vuelo no despegó, los instrumentos volvieron a sus fundas y las pancartas quedaron recogidas hasta el día siguiente.

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Sobre las 7:15 de la mañana del sábado, un wasap de Pedro me avisó de que estaban a punto de despegar. A esa hora en Sepahua no hay luz, lo que implica que tampoco hay línea de teléfono. Por eso, fuimos rápidamente a casa del profe Fredy, director del colegio, para que convocara a la banda. ¿Y cómo se hace eso si no hay teléfono? Muy fácil: ¡a través de la radio! Así, los muchachos fueron llegando poco a poco al aeropuerto donde se unieron al resto de vecinos que esperaban al Padre Ignacio.

Entre ellos se encontraba, por ejemplo, algunas nahuas que viven frente a la Misión. Una de ellas sujetaba un cartel hecho por su nieta en el que ponía “Los hijos de la selva te queremos”. Apenas sabe castellano, pero no dejaba de repetir: “Padre Ignacio es mi amigo, es bueno y ayuda a los nahuas”. Otra se lanzó a abrazar al misionero en cuanto bajó de la avioneta. No decía nada, pero no hacía falta: sus ojos llenos de lágrimas y la fuerza con la que se agarraba del brazo del Padre Ignacio hablaban por ella.

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Minutos antes, bromeando, le comenté a una señora que parecía que esperaban la visita del Papa. “El Padre Granuja –como le llaman cariñosamente a Ignacio muchas personas en Sepahua-  para nosotros es más importante que cualquier Papa. Él nos ha ayudado a todos: a los que le queremos y a los que no le quieren también” me contestó.” Y yo al Papa no le conozco”, concluyó con una lógica aplastante.

Cuando comenté esto con Bea, ella me contó una anécdota que a su vez le había contado Mariela, que fue durante varios años profesora en la Comunidad Nativa de Serjali. Una tarde fueron a verla dos señoras nahuas llorando y diciéndole que estaban muy tristes porque el Padre Nemesio se había muerto. Enseguida se dio cuenta del error. Y es que esa misma mañana les había dicho a sus alumnos que el sacerdote más importante de la Iglesia, el más viejito, había muerto. Ella hablaba del Papa Juan Pablo II, pero para ellos el sacerdote más importante y más viejito no vivía en Roma sino en Sepahua y se llamaba Nemesio.

Desde que el ‘comité de bienvenida’ del Padre Ignacio le dejara en la Misión, esa puerta ha estado más acompañada que en todo el tiempo que llevo en Sepahua. Personas que vienen a saludar, personas que vienen a charlar, personas que vienen a pedir algo… todos llevaban ocho meses esperando que quien responda con voz enérgica e impaciente al otro lado sea el Padre Ignacio, el sacerdote más importante para ellos que, por fin, ha vuelto a casa.

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El Día de la Madre… y de las canastas

El Día de la Madre… y de las canastas

“Disculpame si esta escrito mal yo ago y digo cuanto la amo a mi mamita Feli. Compredame quiero ganar para poder darle algo a mi mamita cuando sea grande le dare todo lo que puedo. Soy niña y curso el grado 5 nibel primario y vivo antes de pasar el puente”. Así terminaba una de las cartas que participó en el concurso de Radio Sepahua con motivo del Día de la Madre. El escrito de Feliscar no era el mejor de su categoría, ni llegó en un sobre plagado de corazones, purpurina y pegatinas con forma de corazón como muchas otras, pero sí era una de las cartas más sinceras que recibimos. Y ante esa petición, ¿cómo no íbamos a entregarle uno de los premios al mérito que teníamos reservados?

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El domingo anunciamos los nombres de los ganadores del concurso ‘Carta a mi mamá’ en un programa especial y a lo largo del día de ayer todos vinieron a recoger su regalo. Siguiendo las costumbres de Sepahua, entregamos canastas que, a su vez, nos habían regalado algunos comerciantes que patrocinaron la iniciativa. Aceite, un refresco, una lata de leche, azúcar, arroz, espaguetis, una caja de jugo y galletas componían las cestas que, durante dos días, protagonizaron todos los eventos organizados para celebrar la gran fiesta que es aquí el Día de la Madre.

En los colegios, los preparativos comenzaron hace semanas con los ensayos y con reuniones de padres en las que se decidió cuántos soles aportaría cada familia para que todas las clases tuvieran varias canastas que sortear. En la Institución Educativa Padre Francisco Álvarez, por ejemplo, el homenaje a las madres tuvo lugar el viernes por la noche. Un corazón hecho con lucecitas rojas y cerca de 50 canastas de alimentos decoraban el escenario por el que pasaron los más pequeños recitando sus poesías y los mayores bailando danzas típicas de la selva y la sierra peruanas.

Una flor para cada madre, bocaditos de salchicha envueltos en un papel con lazo rosa y todo, carteles que proclamaban el amor de todos los niños hacia sus mamás, las autoridades presidiendo el acto… Todo un despliegue ante el que casi mejor no decir que desde que dejamos de hacer manualidades en el colegio para el Día de la Madre no he vuelto a regalarle nada a la mía.

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Los adultos mayores –una forma de llamar a los ancianos que me gusta mucho más que tercera edad- también homenajearon a las mamás de su asociación con un almuerzo. Ellas, hablaban animadas alrededor de la mesa, mientras que sus maridos esperaban a que terminaran para poder comer. Antes, por votación popular se había escogido a Miss Adulta Mayor. Después, entre bailes y tragos de aguardiente con chica morada –una bebida hecha a base de maíz-, se sortearon las preciadas canastas de comida  cedidas por la Municipalidad de Sepahua.

En total, según nos explicó luego el alcalde, la Municipalidad repartió casi 500 canastas de comida para que cada barrio y cada institución del distrito las sorteara entre las madres. Lo primero que pensé fue en la cantidad de cosas que podrían hacerse con los casi 20.000 soles –unos 6.500 euros- que se habían gastado en eso, pero la fuerza con la que una abuelita abrazaba su canasta y la alegría con la que se la llevó me hizo dudar. Igual ella, como Feliscar, también quería ganar para tener algo que dar, no a su madre, sino a sus nietos.

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Mi primer ahijado

Mi primer ahijado

“¿Cómo te llamas?”, le preguntó el padre Macario. Él miró hacia el suelo y no dijo nada. “¿Cómo te llamas, hijito?”, insistió el sacerdote. De nuevo, desvió la mirada con un gesto vergonzoso. “Se llama Jean Carlo”, contesté yo. Macario sonrió, empezó a derramar el vaso de agua sobre la cabeza del niño y dijo: “Jean Carlo, yo te bautizo…”. Y así fue como se cumplieron los pronósticos de Bea: no me iría de Santa Elena sin tener mi primer ahijado.

Un par de horas antes, mientras cruzábamos en peke-peke a la otra orilla del río, ella hacía recuento de los ahijados que tenía repartidos por el distrito –pronto podrá tener su propio equipo de fútbol- y me aseguraba que, en unos meses, me pasaría lo mismo. Beatriz salió Santa Elena con dos nuevos nombres en su lista y yo con el primero de mi colección particular.

Alrededor de 30 niños correteaban entre los bancos de la capilla de Santa Elena mientras el padre Macario intentaba asegurarse de quiénes estaban allí para ser bautizados, no fuera que se olvidara de alguno. Entre ellos se encontraba Jean Carlo Zumaeta junto con Wilson, Mari y Odiel, tres de sus nueve hermanos. Cuando comentaron que el mediano de los niños no tenía padrino, alguien dijo: “La señorita española puede hacer de madrina”.

Mientras la madre esperaba sonriente mi respuesta, yo miré a Bea y a Macario sin saber muy bien qué decir. ¿Cómo iba a ser madrina de un niño al que no conocía y al que puede que nunca vuelva a ver? Pero, por otro lado, ¿cómo iba a decirle que no a ese niño que me miraba fijamente mientras un montón de mosquitas volaban a su alrededor? La mirada y la sonrisa de Bea y Macario me convencieron de aceptar la propuesta y Jean Carlo se acercó a mí.

No conseguí sacarle ni media palabra más allá de su nombre y su edad, siete años, pero durante la siguiente media hora no se separó de mi lado. Bastaba con una mirada rápida a su ropa –una camiseta demasiado grande y llena de agujeros y un pantalón corto y sucio- para saber que pertenecía a una familia muy humilde de la etnia ashaninka.IMG_5083

Los Zumaeta viven en el barrio de San Felipe. Eso me quedó muy claro después de que la madre interrumpiera el bautizo de sus cuatro hijos para “corregir” al Padre Macario.  Y es que el sacerdote dijo: “Jean Carlo, has pasado a pertenecer a la comunidad cristiana…”. “No, no Padre”- interrumpió la señora- “nosotros somos de la comunidad de San Felipe”. La primera vez, pensé que se habría equivocado. A la cuarta, mientras Macario le explicaba que daba igual en qué comunidad nativa viviera y que lo importante era que ahora pertenecían a la comunidad cristiana, ya casi no podía aguantarme la risa.

Los bautizos, en estos lugares, son una excusa como otra cualquiera para celebrar algo, para comprarse ropa nueva, quienes pueden permitírselo, y para preparar una comida un poco más especial. No sé si los Zumaeta habrían preparado un menú diferente al arroz y la yuca que, como la mayor parte de la gente, comen todos los días. Lo que sí me dijeron es que cuando fuera a San Felipe no dejara de visitarles. “Pregunte a cualquiera en el barrio y le dirá donde vivimos. Jean Carlo se pondrá muy contento”. Y así, igual de rápido que había aparecido a mi lado un rato antes en la capilla, mi primer ahijado se dio la vuelta y salió corriendo.

Un regalo para Radio Sepahua

Un regalo para Radio Sepahua

Celebré los 25 en Bilbao, los 26 en Madrid y los 27 y 28 en Pamplona. Lo que nunca se me había pasado por la cabeza es que cumpliría veintitodos a casi 10.000 kilómetros de casa; ni que soplaría una vela con forma de interrogante compartiendo desayuno con la pequeña familia española-colombiana-peruana que forma Radio Sepahua.

Aterricé de golpe en los 29 siguiendo el horario español con la felicitación que me envió por ‘wasap’ mi hermana Teresa. Me la imagino metida en la cama, abrigada como si fuera a la nieve y con la parrafada que me mandó escrita desde hacía rato, controlando el reloj para darle a enviar en el momento exacto. Y acertó.

A partir de entonces y hasta ahora no he parado de recibir muestras de cariño. De allí y de aquí. De lejos me llegaron mensajes, mails, fotos, vídeos y audios -con canción, sin canción, cortos, largos, larguísimos, de los que te hacen reir a carcajadas y también de los de casi casi soltar la lagrimilla-. Aquí me cuidaron, me cantaron, me prepararon un bizcocho y Mártir me llevó de paseo en moto hasta un lugar con unas vistas espectaculares: árboles y más árboles que forman una alfombra verde y entre los que, de vez en cuando, el sol se refleja en el río.

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De regalo, la selva vista de arriba. Un cumpleaños diferente, haciendo lo que me gusta en una radio que pone su granito de arena para que la vida en las comunidades del Bajo Urubamba que nos escuchan sea un poco más sencilla.

Radio Sepahua es, por ejemplo, el único nexo de unión entre ‘la paisita’ y su marido cuando él se va a su chacra –el terreno que cultiva-, situada a 8 horas de Sepahua en bote. Nos lo contaba esta mañana cuándo le hemos preguntado qué significa para ella la radio: “Allá en la chacra solo tenemos la radio. Yo vivo en Sepahua porque los niños tienen que tener educación, pero mi marido está allí muchas semanas cultivando. Si necesito decirle que nuestro hijo está enfermo o que necesito que me mande plátanos o carne, voy a la radio y la señorita periodista le manda el mensaje. Además, la radio nos sirve para saber si San Francisco, nuestro equipo de fútbol, ha ganado o ha perdido y los niños no se van a dormir hasta que no escuchan el cuento cada noche en Radio Sepahua”.

A dos manzanas vive Fátima a quien hemos encontrado a punto de preparar su masato, la bebida tradicional de la selva. Estaba enfadada porque no sabía que esta mañana iban a cortar el agua para reparar una tubería. “Si no lo comunican por la radio no podemos enterarnos y guardar agua para cocinar y ahora el agua sale casi barro”, se quejaba.

Estos son dos ejemplos pequeños de la importancia que tiene la radio para estas personas. Pueden parecer una tontería, pero cuando ves el agua de color casi marrón con la que tendrán que cocinar hoy si no guardaron ayer un poco o cuando la ‘paisita’ te dice que la radio le sirvió para aprender que tenía que dar a sus hijos una educación, la cosa cambia.

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Con el paso de los días me doy cuenta de que hay muchas cosas que si no las decimos nosotros, nadie las dice. No sé si es por dejadez, por miedo, por falta de ‘cultura’ de la información, por una mezcla de todo lo anterior o por motivos que a mí, de momento, se me escapan. Pero sí sé que a las 6:30 de la mañana mucha gente está pendiente de lo que decimos en el noticiero y que, cuando cae la noche, el aparato de radio se convierte en el centro de interés y casi el único entretenimiento en las comunidades donde todavía no hay electricidad, ni señal de teléfono ni mucho menos internet.

Que no haya luz las 24 horas en Sepahua es nuestro principal enemigo. Gracias a las baterías solares podemos emitir algo más, pero el sol no siempre brilla igual y el mantenimiento que nosotros hacemos de todos los aparatos y cables está muy lejos de ser el más adecuado. Y las cosas terminan por estropearse y arreglarlas cuesta dinero.

Por eso, estamos recaudando fondos para la radio. Bea consiguió algo de dinero cuando fue a España hace unos meses realizando varias actividades en Buñuel y Pamplona y el domingo organizamos aquí un mercadillo en el que vendimos ropa traída de España.

Algunos me habéis preguntado si quería algún regalo en mi 29 cumpleaños –vale, ha sido solo mi familia, pero seguro que algunos otros lo habéis pensado-. Yo no necesito nada, pero si de todas maneras alguien quiere tener un detalle conmigo, tengo una sugerencia: que destine ese dinero a Radio Sepahua. La cuenta que abrió Bea para la radio sigue activa (La Caixa, 21005062880100036510) y, poco a poco, como si fuera un cerdito, queremos hacer que engorde.

Por todos los que nos piden que digamos la hora porque no tienen reloj; los que nos avisan de que tenemos que conectar con RPP –la emisora más escuchada de Perú- porque hay fútbol; los que vienen a quejarse porque hemos dicho algo mal y los que vienen a darnos información para que hagamos las noticias; personas para las que Radio Sepahua es mucho más que un medio de comunicación.

¡Gracias por adelantado para los que os animéis a colaborar o a difundirlo! ¡Y muchiiisimas gracias a todos por estar conmigo a pesar de la distancia celebrando los veintitodos!

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