De vuelta a casa

De vuelta a casa

No se había detenido del todo la avioneta, cuando más de un centenar de personas la rodearon impacientes. Y es que, tras las falsas alarmas del día anterior, esta vez era cierto: a bordo se encontraba el Padre Ignacio, que regresaba a Sepahua ocho meses después de haberse ido sin pensar que su ausencia iba a ser tan larga.

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Desde que empezó a extenderse la noticia de que el sacerdote volvía el viernes, un goteo incesante de personas se fue acercando a la Misión. “¿Es verdad que está llegando ya el Padre?, ¿Podrán avisarme para que vaya a recibirle?”, preguntaban unos y otros. No hizo falta. El jueves por la noche, estaba acabando de redactar las noticias cuando cacé al vuelo un par de palabras del anuncio que estaba haciendo la señora Yeni a través del parlante. Pensé que había entendido mal y seguí a lo mío, pero a los pocos minutos se asomó el Padre Macario a la oficina. “¿Has oído a Yeni? Está avisando de que Ignacio llega mañana para que la gente vaya a recibirle. ¿Tú sabes algo de eso?”.

A mi mente vinieron dos opciones: Beatriz o la Municipalidad. Bea me dijo que no sabía nada, pero en menos de cinco minutos confirmó mi segunda sospecha: la Municipalidad de Sepahua estaba organizando el recibimiento al Padre Ignacio. El viernes por la mañana fuimos a ver qué estaban tramando y salimos de allí con una misión: avisarles en cuanto Ignacio pusiera un pie en el aeropuerto de Pucallpa.

A las 15:00 horas del viernes los pasajeros de la avioneta estaban citados para el embarque. En ese mismo momento, en Sepahua -a casi hora y media de vuelo-, ya estaba reunida la banda de música del colegio Francisco Álvarez dispuesta a recibir al misionero al ritmo de trompetas, bombos y platillos. Sin embargo, el mal tiempo que hacía en capital de Ucayali frustró todos estos planes. El vuelo no despegó, los instrumentos volvieron a sus fundas y las pancartas quedaron recogidas hasta el día siguiente.

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Sobre las 7:15 de la mañana del sábado, un wasap de Pedro me avisó de que estaban a punto de despegar. A esa hora en Sepahua no hay luz, lo que implica que tampoco hay línea de teléfono. Por eso, fuimos rápidamente a casa del profe Fredy, director del colegio, para que convocara a la banda. ¿Y cómo se hace eso si no hay teléfono? Muy fácil: ¡a través de la radio! Así, los muchachos fueron llegando poco a poco al aeropuerto donde se unieron al resto de vecinos que esperaban al Padre Ignacio.

Entre ellos se encontraba, por ejemplo, algunas nahuas que viven frente a la Misión. Una de ellas sujetaba un cartel hecho por su nieta en el que ponía “Los hijos de la selva te queremos”. Apenas sabe castellano, pero no dejaba de repetir: “Padre Ignacio es mi amigo, es bueno y ayuda a los nahuas”. Otra se lanzó a abrazar al misionero en cuanto bajó de la avioneta. No decía nada, pero no hacía falta: sus ojos llenos de lágrimas y la fuerza con la que se agarraba del brazo del Padre Ignacio hablaban por ella.

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Minutos antes, bromeando, le comenté a una señora que parecía que esperaban la visita del Papa. “El Padre Granuja –como le llaman cariñosamente a Ignacio muchas personas en Sepahua-  para nosotros es más importante que cualquier Papa. Él nos ha ayudado a todos: a los que le queremos y a los que no le quieren también” me contestó.” Y yo al Papa no le conozco”, concluyó con una lógica aplastante.

Cuando comenté esto con Bea, ella me contó una anécdota que a su vez le había contado Mariela, que fue durante varios años profesora en la Comunidad Nativa de Serjali. Una tarde fueron a verla dos señoras nahuas llorando y diciéndole que estaban muy tristes porque el Padre Nemesio se había muerto. Enseguida se dio cuenta del error. Y es que esa misma mañana les había dicho a sus alumnos que el sacerdote más importante de la Iglesia, el más viejito, había muerto. Ella hablaba del Papa Juan Pablo II, pero para ellos el sacerdote más importante y más viejito no vivía en Roma sino en Sepahua y se llamaba Nemesio.

Desde que el ‘comité de bienvenida’ del Padre Ignacio le dejara en la Misión, esa puerta ha estado más acompañada que en todo el tiempo que llevo en Sepahua. Personas que vienen a saludar, personas que vienen a charlar, personas que vienen a pedir algo… todos llevaban ocho meses esperando que quien responda con voz enérgica e impaciente al otro lado sea el Padre Ignacio, el sacerdote más importante para ellos que, por fin, ha vuelto a casa.

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