Mi primer ahijado

Mi primer ahijado

“¿Cómo te llamas?”, le preguntó el padre Macario. Él miró hacia el suelo y no dijo nada. “¿Cómo te llamas, hijito?”, insistió el sacerdote. De nuevo, desvió la mirada con un gesto vergonzoso. “Se llama Jean Carlo”, contesté yo. Macario sonrió, empezó a derramar el vaso de agua sobre la cabeza del niño y dijo: “Jean Carlo, yo te bautizo…”. Y así fue como se cumplieron los pronósticos de Bea: no me iría de Santa Elena sin tener mi primer ahijado.

Un par de horas antes, mientras cruzábamos en peke-peke a la otra orilla del río, ella hacía recuento de los ahijados que tenía repartidos por el distrito –pronto podrá tener su propio equipo de fútbol- y me aseguraba que, en unos meses, me pasaría lo mismo. Beatriz salió Santa Elena con dos nuevos nombres en su lista y yo con el primero de mi colección particular.

Alrededor de 30 niños correteaban entre los bancos de la capilla de Santa Elena mientras el padre Macario intentaba asegurarse de quiénes estaban allí para ser bautizados, no fuera que se olvidara de alguno. Entre ellos se encontraba Jean Carlo Zumaeta junto con Wilson, Mari y Odiel, tres de sus nueve hermanos. Cuando comentaron que el mediano de los niños no tenía padrino, alguien dijo: “La señorita española puede hacer de madrina”.

Mientras la madre esperaba sonriente mi respuesta, yo miré a Bea y a Macario sin saber muy bien qué decir. ¿Cómo iba a ser madrina de un niño al que no conocía y al que puede que nunca vuelva a ver? Pero, por otro lado, ¿cómo iba a decirle que no a ese niño que me miraba fijamente mientras un montón de mosquitas volaban a su alrededor? La mirada y la sonrisa de Bea y Macario me convencieron de aceptar la propuesta y Jean Carlo se acercó a mí.

No conseguí sacarle ni media palabra más allá de su nombre y su edad, siete años, pero durante la siguiente media hora no se separó de mi lado. Bastaba con una mirada rápida a su ropa –una camiseta demasiado grande y llena de agujeros y un pantalón corto y sucio- para saber que pertenecía a una familia muy humilde de la etnia ashaninka.IMG_5083

Los Zumaeta viven en el barrio de San Felipe. Eso me quedó muy claro después de que la madre interrumpiera el bautizo de sus cuatro hijos para “corregir” al Padre Macario.  Y es que el sacerdote dijo: “Jean Carlo, has pasado a pertenecer a la comunidad cristiana…”. “No, no Padre”- interrumpió la señora- “nosotros somos de la comunidad de San Felipe”. La primera vez, pensé que se habría equivocado. A la cuarta, mientras Macario le explicaba que daba igual en qué comunidad nativa viviera y que lo importante era que ahora pertenecían a la comunidad cristiana, ya casi no podía aguantarme la risa.

Los bautizos, en estos lugares, son una excusa como otra cualquiera para celebrar algo, para comprarse ropa nueva, quienes pueden permitírselo, y para preparar una comida un poco más especial. No sé si los Zumaeta habrían preparado un menú diferente al arroz y la yuca que, como la mayor parte de la gente, comen todos los días. Lo que sí me dijeron es que cuando fuera a San Felipe no dejara de visitarles. “Pregunte a cualquiera en el barrio y le dirá donde vivimos. Jean Carlo se pondrá muy contento”. Y así, igual de rápido que había aparecido a mi lado un rato antes en la capilla, mi primer ahijado se dio la vuelta y salió corriendo.

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5 comentarios en “Mi primer ahijado

  1. Cómo disfruto con tus noticias! 🙂 Y no tanto por lo bien que te expresas, que también-, sino por la vida y la vivencia que transmites.
    El Reino de Dios no se construye con grandes discursos en la ONU, ni con dramáticas intervenciones económicas. del BCE, sino en la cotidianidad humilde de las personas de buena voluntad.
    Qué grande se me hace esta tarea que tú cuentas de un modo tan sencillo…

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  2. Acabo de leer todos vuestros mensajes… ¡cosicas de internet en la selva! A mí si que se me hacen grandes vuestras palabras para mi blog 😉 pero muchas gracias. ¡¡Hace ilusión recibirlas!!

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