Cuando la sanidad no es un derecho de todos

Cuando la sanidad no es un derecho de todos

Vecinos de Capirona y Onconashari, dos comunidades nativas situadas en el río Sepa, han denunciado en Sepahua que sus infraestructuras de salud no cuentan con los recursos suficientes para hacer frente a las necesidades de la población. En ellas, no hay medicinas para tratar dolencias tan comunes como una faringitis o un resfriado, ni tampoco tratamientos específicos para complicaciones que se presentan frecuentemente en la zona, como pueden ser las mordeduras de víbora. Los técnicos de salud que atienden en Capirona y Onconashari definen estas postas como “establecimientos vacíos” en los que no cuentan con materiales para tratar a los casi 200 moradores de cada una de las comunidades.

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La presencia de los sanitarios entre estos pobladores de etnia ashaninka es posible gracias a la Municipalidad Distrital de Sepahua, que es quien paga sus salarios y hace llegar, en la medida de lo posible, medicinas, materiales y combustible con cargo a los presupuestos municipales. Y es que estos dos establecimientos no están reconocidos por el Ministerio de Salud peruano, a pesar de que se ha solicitado en varias ocasiones y se ha aportado la documentación necesaria: censos e informes que prueban que ambas comunidades cuentan desde hace años con un técnico que atiende de manera permanente.

Cuando se presenta un problema de salud que no puede resolverse con los pocos medios que tienen a la mano, los técnicos de Capirona y Onconashari deben derivar a los pacientes al centro de salud El Rosario, de Sepahua. Una gestión que se convierte en una verdadera odisea en los meses de verano cuando, a la falta de combustible, se une el nivel de agua del río Sepa, tan bajo que en muchas zonas es preciso bajarse del peke-peke y arrastrarlo para poder continuar.

La pasada semana una anciana de Onconashari y un bebe de Capirona tuvieron que ser trasladadas de urgencia a Sepahua. El bebé, que padecía una severa desnutrición, no aguantó el viaje y falleció por el camino. Y es que, a falta de movilidad, se desplazaron en el peke-peke de unos familiares de la anciana. Teresa, su hijo con su esposa y varias de sus nietas, acompañadas por el recién nacido y sus padres y los dos técnicos de salud de la zona llegaron hasta la boca del río Sepa (10 horas de viaje desde Onconashari y 4 desde Capirona en el mes de agosto) con combustible cedido por un antropólogo que trabaja en la zona. A partir de ahí, hasta Sepahua (otras 4 horas) fueron pidiendo prestado combustible en las comunidades que se encuentran a la orilla del Urubamba.

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Al llegar, solicitaron en el centro de salud de Sepahua que se les repusiera lo gastado. Sin embargo, el establecimiento tan solo tenía 10 galones de combustible, lo justo para llegar con la chalupa a Atalaya en caso de emergencia. Por este motivo, no pudieron entregar nada a los técnicos de Capirona y Onconashari. Al igual que en otras ocasiones, pidieron el combustible en la Municipalidad donde finalmente, y aunque no se contaba con el presupuesto necesario, se les entregaron 20 galones para poder hacer frente al viaje de vuelta y devolver lo prestado por el camino.

La escasez del combustible que la Red de Salud de Atalaya entrega al centro de salud de Sepahua supone que sea imposible colaborar con las postas de Capirona y Onconashari en emergencias puntuales. Pero hay algo más grave todavía: el combustible no alcanza tampoco para poder hacer las brigadas a las que se comprometió la Red de Salud.

Desde el pasado mes de enero no ha ido a las comunidades del Sepa ninguna brigada médica; es decir, no les ha visitado un médico, ni una obstetra, ni un odontólogo, por nombrar a algunos especialistas. Todos los niños nacidos después de la última brigada se encuentran sin vacunar puesto que allí no existe cadena de frío que mantenga las vacunas y solo pueden administrarse cuando va una brigada. Estos niños, según explican los técnicos de salud, cuando salen con sus familias vuelven a la comunidad portando enfermedades que se transmiten rápidamente.

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En resumen, la atención sanitaria en las Comunidades Nativas de Capirona y Onconashari es muy deficiente y no está garantizada por el Estado, quien tiene el deber de proporcionar a sus ciudadanos el acceso a la sanidad, sino por la Municipalidad de Sepahua. Los recortes presupuestales  a los que se han visto sometidas las Municipalidades afectan de manera directa a las personas más vulnerables que viven en las zonas más apartadas del país.

NOTA 1: este texto fue escrito en agosto de 2015 con el fin de enviarlo a algunos medios de comunicación peruanos y así intentar que la situación en estas comunidades nativas se conociera. Al final, no pudimos hacer eso, pero lo rescato de mi portátil con motivo del Día Mundial de la Salud, que se celebra hoy. Desde agosto, algunas cosas son diferentes. Por un lado, los recortes a los que tuvo que hacer frente la Municipalidad de Sepahua llevaron en diciembre a suspender temporalmente el funcionamiento de una de las postas. Por otro, a principios de este año, una brigada del centro de salud de Sepahua pudo visitar Capirona y Onconashari y atender a la población.

NOTA 2: no tuve la suerte de poder viajar hasta Capirona y Onconashari, por lo que tan solo una de las fotos que acompañan a este texto (la de la señora Teresa con sus nietas) es mía. Las otras dos nos las cedieron en su momento Pedro y Iosune. ¡Muchas gracias!

Gracias por la aventura

Gracias por la aventura

Ya ha pasado más de un mes desde que Sepahua se hizo pequeña por la ventanilla de la avioneta y desapareció en un mar de árboles. Un mes raro: de alegría por los reencuentros y de echar de menos a todas las personas que han sido mi familia durante un año; de volver a las cosas de antes, pero verlas con los ojos de ahora; de sentirme, en algún momento, más desorientada en la ciudad que en la selva y de pensar, en otros, que Sepahua ha sido una especie de sueño.

Sin embargo, los once meses que he pasado allí han sido muy reales. En Radio Sepahua he aprendido que el periodismo con mayúsculas no es que nos cuenta lo que ha dicho el político de turno, sino el que sirve a la gente. Un servicio que puede ser tan sencillo como decir la hora para que la sepa quien está en la chacra y no tiene reloj o tan importante como trasladar cada día avisos hasta las comunidades más alejadas, donde no hay señal de teléfono.

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Sin embargo, este es el periodismo que más alegrías me ha dado porque no se paga de ninguna manera la satisfacción de saber que, gracias al granito de arena que se pone desde la emisora, la vida de algunas personas es un poco mejor. Esto lo ves cuando te encuentras a una mamá en el centro de salud y te dice que está ahí porque ha escuchado en la radio que es bueno llevar a los bebés a los controles de crecimiento; o cuando los adolescentes explican que son más conscientes de las consecuencias de un embarazo precoz gracias al programa ‘Sin Vergüenza’ o al ver la cara de emoción de abuelitos que no saben leer pero ven, por primera vez en la vida, su foto en una revista.

Mucha gente me pregunta estos días si es fácil acostumbrarse a vivir en un mundo tan diferente al nuestro y a todos les digo que, lógicamente, hay cosas que cuestan un poco, pero que en dos semanas nada parece tan grave y en dos meses ni lo piensas. Claro que en Sepahua no hay suministro eléctrico todo el día y que si no te acuerdas de llenar el tanque, no tendrás agua para ducharte y que internet funciona como y cuando quiere. Pero a cambio, puedes ver más estrellas de las que parece que caben en el cielo, bañarte en el río y “perder” el tiempo viendo la puesta de sol o sentada en el suelo hablando con cualquiera.

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Aquí me sobran farolas y me faltan estrellas. Echo de menos los ratos con Gabi en el puerto simplemente mirando hacia arriba o las noches en el banquito tratando de localizar la Cruz del Sur a partir de Orión -que sigue haciéndome compañía en el cielo de Pamplona-; también el río, los peke-pekes, los árboles y casi casi hasta los bichos 😉

Lo positivo de echar de menos a tanta gente y tantas cosas es que estoy segura de que volveré. ¡En algún momento tendré que completar la lista de ‘cosas que hacer antes de irme de Sepahua’! Hasta entonces toca estar en esta otra orilla y disfrutarlo también al máximo.

Espero que terminar mi estancia en Sepahua no suponga el fin de este blog, porque todavía queda mucho por contar de ese rinconcito de la selva, pero por si acaso, aquí van algunos agradecimientos que no pueden faltar por estos meses. Perdonadme si me dejo a alguien, pero hay gente a la que tengo que dar las GRACIAS –así, con mayúsculas-.

A Bea, por un mensaje de facebook que me llevó a donde nunca pensé ir y por ser la mejor compañera de equipo en la distancia.

A Óscar por tantas horas de radio y por enseñarme que la cósmica y la mística están siempre ahí para hacer el resto y a Fabiola por coger el relevo y seguir haciendo que Radio Sepahua sea lo que es. A José, por ser la verdadera voz de Radio Sepahua y por tantas y tantas cosas que me ha enseñado sobre la selva y sus gentes.

A Gabi, por hacer de periodista sin serlo y estar siempre dispuesta a echar una mano. Y por los paseos en moto, las canciones, los vasos de pisco, las charlas junto al río… Nos queda un viaje pendiente hasta Capirona y Onconashari 😉

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A los internos, los 35 ‘hijos’ que aparecieron de repente en mi vida con sus juegos, sus historias y sus risas… Gracias por vuestra confianza, por tener siempre un abrazo para mí, por engreírme y dejarme engreíros… Estar con vosotros ha alegrado los días en que me sentía un poco sola 🙂 También a Lino, por tantas horas de charla y por cuidar tan bien de todos los muchachos.

A Martir y Liliana, por recibirme y despedirme en Lima y por cuidarme, cuidar de mis hermanas, ejercer de guías turísticas…

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A Sandra y Marc, Elva y Felipe, José e Inés, Lucho y Yeni y muchos otros, por preocuparse por mí y abrirme siempre las puertas de sus casas.

A toda la pequeña gran familia de la Misión de Sepahua: a Olivia -por cuidarnos tan bien-; al Padre Macario, al Padre Hilario y al Padre Luis Verde por su disponibilidad siempre; al Padre Santiago por acogerme en Sepahua y por enseñarme lo qué es ser un misionero de verdad; y cómo no, al Padre Ignacio… por tantas risas, conversaciones y enseñanzas… y sobre todo por hacerme sentir en casa en medio de la selva 🙂

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Gracias por tanto, Don Francisco

Gracias por tanto, Don Francisco

De Paco he aprendido muchas cosas: que una noticia no es nada sin datos y que las historias se encuentran en la calle; que un buen periodista no es aquel que escribe titulares con los que impresionar a su jefe, sino el que trabaja sin descanso para ofrecer algo bueno al lector; que un periodista de verdad, lo es siempre, aunque fuera llueva y a veces parezca imposible ejercer nuestra profesión.

Y todo eso no lo aprendí a través de lecciones magistrales de las que se dan en las aulas. Eso me lo enseñó Paco con su ejemplo día a día durante los dos años en los que tuve la suerte de “colarme” en su grupo en todas las asignaturas que impartía o cada vez que nos encontrábamos frente a un café o una cerveza o a través de un simple tuit cargado de ironía.

Don Francisco siempre decía que para ser buen periodista había que ser buena persona. Yo añado que para ser buen profesor, también. Seguro que por eso, porque él era una gran persona, fue tan buen periodista y tan buen profesor. A Paco le apasionaba su trabajo y eso se notaba en pequeños detalles: la puerta de su despacho, siempre abierta; la sonrisa -y el cigarro- siempre en la boca y la palabra “no” tachada de su diccionario cuando alguien le pedía ayuda o consejo.

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Durante mi último semestre en Fcom, mientras un grupo de locos dábamos vida a Ene –un proyecto que fue tan suyo y de Luis Guinea como nuestro- yo crucé esa puerta miles de veces. Y Paco siempre estaba ahí: con la palabra precisa para animarnos, corregirnos y orientarnos; con su ironía y su sentido del humor siempre a punto para reir juntos un rato; con su paciencia infinita para enseñar y la sencillez con la que te dejaba ver que él nunca dejaba de aprender.

El día de nuestra licenciatura, Don Francisco le dijo a mi padre: “Prométeme que ninguna de tus otras hijas van a estudiar Periodismo, porque Leyre ya me ha exprimido al máximo y no sé si podría con otra Hualde”. Espero que tuviera razón y haber interiorizado tantas lecciones grandes y pequeñas, porque hoy, al igual que otros muchos que hemos pasado por sus manos, me siento un poco huérfana.

Don Francisco, gracias por tanto. Desde donde estés, habría que cuidarnos un poco a todos los que nos quedamos aquí intentando seguir tu ejemplo 😉

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Un día más es un día menos

Un día más es un día menos

Un día menos para abrazar a mi familia. Un día menos para pasar el tiempo con los internos en nuestro banco. Un día menos para salir con mis amigas, para reírnos y hablar durante horas. Un día menos para recorrer las calles de Sepahua conversando con unos y otros en busca de noticias. Un día menos para comer comida de mi abuela y tomar un pintxo en lo viejo y un gin tonic en condiciones. Un día menos para compartir unas chelas bien heladas o un tazón de masato con todos los que me han abierto las puertas de sus casas aquí. Un día menos para achuchar a Amaia y para no perderme ni una de las fiestas de cumpleaños ni de las inauguraciones de piso de mis amigos. Un día menos para llenar de ticks la lista de ‘Cosas que hacer antes de irnos de Sepahua’.


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Vine con la intención de volver a casa en agosto o septiembre, pero Sepahua me sabía a poco y todavía no había llegado mi relevo en la radio. Ahora, Fabiola ya está aquí y un billete de avión el 15 de diciembre lleva mi nombre. Me falta poco más de un mes para dejar la selva y a veces me sorprendo pensando las cosas en una especie de cuenta atrás, calculando cuántas opciones más tendré para decir que sí antes de rechazar un plan. Y es que, como bien dice mi hermana Teresa, un día más es un día menos. Para lo bueno y para lo malo. Así que solo queda exprimir este tiempo al máximo, disfrutarlo y, si es posible, sacar un ratito para contarlo.

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Poyagnu Natjirune

Poyagnu Natjirune

“Ellos suelen ser más comunicativos y afables. Quizás porque algunos, como Álvaro, Juan o Domingo, han viajado. Han visto mundo pero siempre, a su regreso, han sabido preservar sus costumbres, su cultura. Ellas más tímidas. Con dificultades incluso para entender y hablar el castellano, como Dora, Celia o Elena. Pero maestras a la hora de hilar y tejer algodón, confeccionar canastas o cocinar patarashca.

Poyagnu Natjirune (‘Gracias mis abuelos’, en lengua yine) no es más que un humilde pero sincero reconocimiento a todos. A los que nos cuentan sus historias y a quienes no hemos alcanzado a visitar. Llegar, por ejemplo, a las comunidades del río Sepa y Mishagua es cuestión de días en esta época del año.

No son todos los que están. Son muchos más. Podríamos llenar diez revistas como esta y nos seguiría faltando espacio. Porque todos y cada uno de los más de 250 adultos mayores de nuestro distrito son maestros en algo. Unas tejen, otros cazan; otras cocinan rico, otros atesoran los cuentos y leyendas más significativos de su etnia. Todos, absolutamente todos, han vivido épocas duras que han superado a base de trabajo e ingenio.

Aunque son de etnias diferentes, todos hablan un mismo lenguaje: el de la selva. El de saber aprovechar lo que la naturaleza nos brinda, el de vivir en plena conexión con el entorno. Ahora, ilusionados, toman conciencia del valor de ese lenguaje que hoy día nos transfieren como el mayor de los tesoros.

Gracias, mis abuelos. Gracias.”

Con estas palabras y la revista Poyagnu Natjirune, desde Radio Sepahua homenajeamos a todos los adultos mayores de nuestro distrito. Ellos, contentos y emocionados, recibieron el pasado martes a la ministra de Desarrollo e Inclusión Social en el I Encuentro de Saberes Ancestrales que se ha organizado en Ucayali. Más de un centenar de abuelitos participaron en esta feria en la que mostraron a las autoridades y a toda la población esos conocimientos que recibieron de sus abuelos y que han acompañado a sus etnias desde hace décadas.

A Hilda le apena que sus nietas compren ollas de aluminio en vez de elaborar sus propias ollas de barro –“no todo hay que comprar si fácil puedes hacer”, razona esta anciana-; Benjamín teme que sus nietos no consigan una enamorada por no saber hacer una canoa, porque “¿qué mujer va a querer un marido ocioso que no la pueda llevar a pasear?”; muchos ven con tristeza cómo sus nietos ignoran sus leyendas y hasta su propia lengua.

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Sin embargo, en las últimas semanas, ellos se han convertido en maestros, sus nietos, en alumnos y la tristeza en alegría. Enseñando a los más pequeños a tejer, a hacer mocahuas, a tallar remos y a elaborar flechas, entre otras muchas cosas, los viejitos han recuperado la ilusión. La visita de la ministra solo fue el broche de oro de un trabajo de semanas que, esperemos, continúe porque solo escuchando la voz de los más mayores la historia y las tradiciones de las etnias del Bajo Urubamba seguirán vivas.

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Óscar, Beatriz, Gabi y yo hemos tenido la suerte de convertirnos también en alumnos de estos abuelitos. Con ellos hemos aprendido a hacer flechas y a dispararlas, a dar vida al barro para hacer mocahuas y tinajas; que lo mejor para ahuyentar los malos espíritus es entonar el ‘yama-yama’ y que nada como un traguito de ajosacha para los dolores de huesos. Todo lo hemos plasmado lo mejor que hemos sabido en las páginas de esta revista, que os invito a leer.

“Señorita, a mis 76 años, primera vez que salgo en revista”, me dijo Benjamín. “Yo nunca pensé ser famoso, pero estoy bien contento. La llevaré a Puija para que todos me vean y la guardaré siempre”. Escuchar frases como esta, ver a los abuelitos reconociéndose en las páginas de la revista y pidiendo a sus nietos que se la leyeran fue la mejor recompensa a muchas horas de trabajo. Sin embargo, el verdadero regalo es todo lo que hemos aprendido compartiendo su tiempo y sus saberes. Poyagnu natjirune.

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Las huellas de Goreti

Las huellas de Goreti

La primera vez que vi a Goreti, estaba hecha un ovillo sobre una puerta de madera que hacía las veces de alfombra. La última, este sábado, la puerta había desaparecido y ella estaba sentada en el suelo al lado de un bolso de deporte donde se almacenaban sus escasas pertenencias. A sus 28 años, Goreti, que nació con parálisis cerebral, iba a hacer el segundo viaje de su vida.

El primero, lo hizo con seis años. Su madre acababa de fallecer y su padre no podía hacerse cargo de una niña enferma, que nunca había aprendido a gatear y que necesitaba cuidados constantes. Por eso, se plantó en la puerta de la Misión con un objetivo: dejarla al cuidado del Padre Ignacio. Él, sorprendido de que no hubieran abandonado a la pequeña nada más nacer como solía hacerse con los niños que no eran normales, la llevó al centro médico de Sepahua. Desde entonces, durante 22 años, se ha preocupado de que Goreti tenga quien le atienda.

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“Cuando la llevamos al hospital, casi tienen que quitarle los piojos a manguerazos de lo sucia que estaba”, recuerda el Padre Ignacio. Cuando se recuperó un poco de la desnutrición que sufría, la señora Teresa la acogió en su casa donde le cuidó durante muchos años. Cuando la edad le impidió cargar con los 30 kilos de Goreti para bañarla, para vestirla, para acostarla… fueron sus hijas las que le hicieron el relevo. Durante los últimos cinco años, ha sido Irene, la nuera de la señora Teresa, quien ha atendido a Goreti. Desde hace años, desde España llegan puntualmente 100 euros al mes –unos 300 soles- para comprar las medicinas y pañales que necesita Goreti y para pagar a esta familia por sus cuidados.

“La sentamos en la puerta porque está más limpia que el suelo”, me explicó Irene mientras peinaba a Goreti con una media coleta. La estaba poniendo guapa porque esa tarde esperaban la visita de los técnicos de Reniec (Registro Nacional de Identificación y Estado Civil), que iban a hacerle una foto muy especial: la de su primer DNI. “Se calcula que en el Distrito de Sepahua todavía faltan por identificar entre un 3 y un 5% de los adultos”, señalan mientras preparan los documentos de Goreti. “La mayor parte son abuelitos que viven alejados, pero también existe algún caso como este: personas con alguna discapacidad que no salen de casa y nunca han necesitado un DNI para nada ni sus familiares se han planteado que es bueno que lo tengan”.

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Goreti necesitaba su DNI para emprender el segundo viaje de su vida: desde Sepahua hasta la ciudad de Chimbote, donde había sido admitida en un centro especializado para personas con parálisis cerebral dirigido las Hermanas de la Caridad. Parece que entiende las tranquilizadoras palabras del técnico de Reniec y deja que coja su mano y manche uno a uno todos sus dedos en tinta. Sin embargo, rellenar todos los documentos no es sencillo: Goreti se revuelve e Irene le tranquiliza.

Hacerle la foto tampoco es fácil. Sus huesos, retorcidos, parece que se niegan a dejarle alzar la cabeza y mirar al frente. Sin embargo, con un poco de tiempo y paciencia, los trabajadores de Reniec consiguen una imagen válida para su DNI. Un documento que permitió a Goreti Mainahuarute convertirse oficialmente en ciudadana del Estado peruano y cambiar una puerta tendida en el suelo por un asiento en un vuelo rumbo a Lima.

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Fiestas en la selva

Fiestas en la selva

Cuando los restos de los fuegos artificiales empezaron a caer sobre la plaza de Armas de Sepahua, tan solo dos personas empezaron a correr para ponerse a cubierto: Gabi y yo. Una portuguesa y una española mirando alarmadas cómo una cascada de chispas caía sobre las cabezas de todos los presentes, mientras los demás contemplaban el espectáculo sin sorprenderse lo más mínimo. De repente, algo se prendió en una de las casetas-restaurante. Los comensales le dedicaron un segundo de atención y siguieron mirando al cielo, tan tranquilos, como si todo pudiera esperar a que terminaran los fuegos artificiales.

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Cuando el ‘riesgo’ pasó, volvimos a la mesa con un único pensamiento: “Estos peruanos no tienen consciencia del peligro”. A cambio, ellos nos dedicaron toda la colección de adjetivos que van desde ‘locas’ a ‘histéricas’ y no faltó la frase con la que Óscar zanja muchas de nuestras conversaciones: “Esto es la selva, Ley”.

Y sí. Esto es la selva. Igual por eso, y a pesar del susto, los fuegos artificiales me gustaron mucho más que cualquier otra vez que los haya visto, aunque técnicamente no les llegaran ni a la suela del zapato. Sin embargo, la oscuridad de la noche de Sepahua con sus cientos de estrellas lo compensa. Me imagino cómo se verían los fuegos desde arriba: unas lucecitas en medio de la inmensidad de la selva… Nada que ver con la cantidad de luces que nunca se apagan en otras zonas del mundo.

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De esta manera se celebraron en Sepahua sus 33 años de creación política como distrito. Hasta el 1 de junio de 1982, todo lo que hoy forma parte del departamento de Ucayali pertenecía al de Loreto. Esto implicaba que para hacer trámites oficiales, los habitantes de esta zona tuvieran que llegar hasta la ciudad de Iquitos. Por ejemplo, cuando los profesores iban a recoger sus nombramientos, se montaban en un bote y un mes después llegaban allí; hacían sus papeles y otro mes de vuelta hasta Sepahua.

La creación del departamento de Ucayali, la provincia de Atalaya y el distrito de Sepahua facilitó todas estas gestiones; así que no me extraña que se celebre por todo lo alto. Durante cuatro días no faltaron los ingredientes básicos de cualquier fiesta: la música, la comida y la bebida; además de las más de veinte actividades organizadas para festejar el aniversario.

El acto central de las celebraciones es el desfile cívico, militar y estudiantil en el que todas las instituciones y colectivos del distrito marchan frente a las autoridades llevando la bandera de Perú, las insignias que les representan… todo al ritmo que marca la banda de música. Durante tres horas, a pleno sol, vimos desfialar a los niñitos de las escuelas iniciales, a los casi mil estudiantes de los colegios de Sepahua, los representantes de cada barrio, las autoridades de la Comunidad Nativa… Intenté trasladar, en mi cabeza, el mismo acto a Pamplona, pero la verdad es que no puedo ni imaginármelo.

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Como tampoco hace un año podía imaginarme algunas de las cosas que viví durante los días que duraron las fiestas por el aniversario. Por primera vez, presencié una emocionante carrera de peke-pekes por el río, probé cómo sabe la tortuga e intenté aprender cómo se dispara con un arco y una flecha, entre las carcajadas de los abuelitos que las habían fabricado. Cuando vieron que casi no era capaz de sujetar el arco y la flecha llegaron a una conclusión a la que yo ya había llegado antes de que empezaran con su clase: si me pierdo sola en la selva, teniendo en cuenta mis técnicas de caza, casi me da lo mismo tener un arco que no tenerlo. Y es que es verdad… Hay algo contra lo que no se puede luchar: esto es la selva.

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